jueves, 8 de agosto de 2019

Night


Capítulo 17. Arrasa la pista

Night se mantuvo firme mientras Dean lo sondeaba con sus pequeños ojos, tratando de amedrentarlo.
No lo conseguiría. Como si ese pequeño e insignificante humano pudiera inspirarle cualquier tipo de temor ahora que él tenía el control de la situación. Therian dijo que esos humanos harían lo que fuera con tal de tener el secreto de la creación de su especie, y que él mismo quemó todos los archivos y pruebas que había sobre ello. Además, gracias a Vane, podía entender por qué Dean acabaría accediendo a sus condiciones; su gente era mucho más valiosa de lo que había creído cuando estaba encerrado, les había costado millones crearlos para sus retorcidos experimentos, pruebas en las que muchos de ellos morían por su brutalidad. Pero, ahora, no podían hacerles daño tan fácilmente, no sin la fórmula para hacer más como ellos porque, una vez murieran todos, ya no habría con quien seguir experimentando sus fármacos ni tampoco ese anhelado ejército mejorado que les brindaría una fortuna.
Sí, había utilizado la mejor baza contra ellos.
El médico, al ver que no tenía la menor intención de ceder, soltó:
—Es un farol.
Night sonrió. Era tal y como Vane había anticipado. De hecho, le había resultado tan fácil predecir sus movimientos que se preguntaba cómo era posible que ese inútil dirigiera al resto.
—¿Estás dispuesto a correr el riesgo? —le preguntó, curvando los labios hacia arriba—. Therian dijo que lo destruyó todo. Eso quiere decir que, si incumples cualquiera de mis condiciones, perderás la única fuente de información que te queda y, con ella, todo lo que has hecho hasta ahora se irá a la mierda. No podrás crear a más de nosotros, y puesto que nuestras mujeres no pueden concebir, tus experimentos morirán con mi gente. Y todo lo que ganas con nosotros también.
Contempló con satisfacción cómo el rostro de Dean palidecía. Era evidente que no esperaba que tuviera tanta comprensión sobre el funcionamiento del mundo humano, y hacerle saber que estaba al tanto de lo que había hecho Therian era un extra para hacerle sudar. Porque confirmaba una información que ellos tenían y que se suponía que a la que él no tenía acceso a menos que hubiera tenido contacto directo con el doctor.
Por supuesto, todo era un farol. Pero los faroles eran de lo más útiles y efectivos si sabías mantenerlos, y Vane se esforzó mucho para que aprendiera rápido en ese aspecto por si algún día era capturado.
El médico trató de mantener la calma, pero ya era tarde. En esa clase de negociación, mantener una postura firme y segura lo era todo, y Dean acababa de romperse. Hasta podía oler su miedo en el aire. No tardaría mucho en ceder.
Tras unos momentos de duda, este, finalmente, lo fulminó con los ojos.
—¿Qué es lo que quieres?
La sonrisa de Night se desvaneció. De haber podido, habría tratado de sacar a los suyos de ese lugar, pero era consciente de que eso era imposible; los que seguían vivos en esas instalaciones eran los únicos que aseguraban el sueldo de la empresa, no había forma de que pudiera negociar lo suficientemente duro como para lograrlo.
De modo que debía intentar otra cosa. Él solo no podía sacar a su gente de allí ni tenía idea de cómo contactar con Zane y los demás sin un teléfono. Eso quería decir que su única opción, su única salida…
Era Vane. Tal y como dijo Therian, era el único que podía salvarlos a todos.
Decidido, clavó sus ojos en el humano y gruñó:
—Vane. Quiero verlo.
Dean pareció notablemente aliviado.
—Bien, eso no es ningún problema…
—Quiero verlo en persona —añadió con firmeza, recordando lo que Vane le había enseñado sobre las pruebas de vida—. Nada de hablar por teléfono o mostrarme un vídeo. Ya sé cómo funcionan las grabaciones y no confiaré en nada de lo que me mostréis a menos que sea a Vane sano y salvo ante mí. ¿Entendido?
El médico apretó los labios con rabia, claramente furioso porque ya no podía engañar a Night con tanta facilidad como antes. Aun así, acabó cediendo:
—Está bien, te lo traeré. Y luego, me dirás qué fue lo que te dijo Therian —dijo con un tono de advertencia.
Él le gruñó mostrando los colmillos, haciéndole retroceder.
—Sois los humanos quienes soltáis una mentira tras otra, no mi gente. Preocúpate solo por cumplir tu parte.
El hombre lo asesinó con sus pequeños ojos, como si quisiera tener la última palabra, pero, al final, dio media vuelta mascullando algo ininteligible antes de dirigirse hacia Cooper y ladrarle:
—¡Cooper!
Este pegó un salto de la sorpresa, lo cual hizo que borrara la diminuta expresión de satisfacción que había tenido en el rostro y volviera a endurecerlo, enmascarando sus facciones e irguiéndose. A Night le sorprendió no haberse dado cuenta antes de la simpatía que el técnico parecía sentir por ellos, había notado lo mucho que había disfrutado durante su negociación con el médico.
—¿Sí, señor? —preguntó con absoluta profesionalidad, como si no hubiera sonreído cada vez que Night había puesto a su jefe contra las cuerdas.
—Hazles sus análisis de sangre y luego ven a mi despacho —ordenó antes de alejarse a paso rápido de allí. Night esperaba que estuviera lo suficiente desesperado como para llevarle a Vane cuanto antes, estaba ansioso por ver cómo se encontraba y si tenía algún plan para poder escapar de allí o ponerse en contacto con sus hermanos para que les echaran una mano.
Mientras todos se iban de la sala, Cooper se dirigió a un pequeño carrito de metal que contenía varios cajones y lo acercó a pocos metros de las jaulas; después, se alejó hasta un lado de la pared, donde había un panel con botones.
—Poneos las cadenas —dijo.
Oyó a 322 gruñir, pero todos obedecieron; fueron hacia una esquina de la jaula, donde había enganchada al suelo una cadena con grillete que se colocaban en la muñeca. Esta tenía un dispositivo que hacía que se cerraran automáticamente nada más acoplar ambos extremos, sin embargo, solo podían abrirse con uno de los botones de la pared.
Cooper pulsó uno de color amarillo y, al instante, Night detectó el horrible chirrido de otra de las restricciones bajando. Se trataba de una fuerte barra de metal con un grillete en el extremo que acababa a menos de medio metro de la jaula, lo suficiente como para que pudiera alargar el brazo izquierdo y dejar que su muñeca quedara atrapada por el maldito cachorro. De esa forma, entre la cadena a su derecha y la barra a la izquierda, la parte superior de su cuerpo quedaba totalmente inmovilizada, no podía ir ni a un lado o a otro, y tampoco es como si pudiera ir hacia delante o hacia atrás. Los técnicos instalaron ese sistema para poder extraer un brazo lo suficiente como para sacar las muestras de sangre sin que su gente los agarrara para matarlos a golpes contra los barrotes de la jaula o los estrangulara. Era cierto que sus piernas estaban libres, pero sin movilidad en el torso, no podían ir muy lejos.
Además, habían aprendido que era mejor dejarles hacer sus pruebas a que vinieran los guardias para sedarlos, darles una paliza y que después les sacaran sangre de todos modos. Así, al menos, estaban lo bastante fuertes como para hacer frente a los experimentos, que eran mucho peores que un pinchazo.
Cooper, a diferencia de otros técnicos, no les hacía daño cuando les metía la aguja, o, al menos, era más delicado que el resto, que actuaba sin la menor consideración hacia ellos; o disfrutaban haciéndoles daño, o estaban tan asustados de su especie que solo querían salir de allí lo más rápido posible. El caso era que no les importaba lo que les hicieran.
Pero a Cooper sí.
Miró atentamente cómo preparaba una de las agujas con cuidado antes de acercarse a él. Cuando le estaba pasando el algodón por el brazo para pincharlo, le dijo:
—Gracias por sacarme de aquí.
Vio cómo su cuerpo se tensaba un poco y la sorpresa en su rostro, pero no le miró.
—¿Cómo lo sabes? —murmuró.
Él bajó la voz.
—Vane me llevó al lugar donde me dejasteis. Reconocí tu aroma y el de Brower. A los otros dos no los reconocí —dicho esto, echó un vistazo alrededor de la sala—. ¿Pueden oírnos?
—No realmente —respondió Cooper, con la voz más relajada, aunque no muy alta de todas formas—, pero tienen cámaras. No podéis verlas porque os las tapan el techo de las jaulas, pero están ahí. A vosotros no pueden veros los labios desde ahí, pero a mí sí —tras decir esto, lo pinchó con suavidad—. Por suerte, tenéis un oído bastante fino y podéis escucharme, pero sed precavidos de todos modos. Me matarán si me pillan hablando con nosotros.
Night absorbió la información con rapidez y pensó en las preguntas más importantes que podía hacerle.
—¿Sabes dónde están Vane y los demás? ¿Están bien?
—No tengo ni idea de su estado de salud, pero sé que no están en las instalaciones o ya nos habríamos enterado. ¿Cómo os encontraron?
—No lo sé —admitió Night—. Nos atacaron en plena noche. —Su rostro se crispó por el dolor—. A Vane le rompieron el brazo y le dispararon en el pecho.
—Joder —masculló, sacándole la aguja y apartándose, dirigiéndose de nuevo al carrito—. Y yo que creía que no era de fiar.
—¿Qué? —murmuró Night, sin comprenderlo.
Cooper metió la sangre en un frasco mientras respondía, todavía sin mirarlo a la cara y moviendo los labios tan poco como podía.
—Era un riesgo demasiado grande confiarle a un extraño que nada sabía de vosotros vuestra seguridad y vuestro rescate, por mucho que Adam creyera que estaba más que cualificado. —Alzó los ojos un momento hacia él, mirándolo de reojo—. Escuchaba las noticias todos los días por si decían algo sobre ti. Nunca escuché nada, y parece que tú estás bastante sano.
Night esbozó una triste sonrisa.
—Vane, Max y Ethan cuidaron muy bien de mí.
Cooper le devolvió el gesto, aunque tampoco le llegó a los ojos, y preparó una nueva aguja.
—Es bueno saberlo. —Hizo una pausa mientras iba hacia 322—. ¿Trazó algún plan?
—Sí, estaba todo pensado, solo nos faltaba llamar a gente de confianza y encontrar un lugar seguro para todos.
El técnico pinchó a 322 susurrando un “lo siento”, pero este solo lo observaba con suma atención, todavía incrédulo porque aquello no fuera todavía uno de los juegos de los humanos y que Cooper siempre hubiera estado de su lado.
—Ya veo —dicho esto, frunció profundamente el ceño—. Hay que encontrar el modo de liberarlo. Tiene que poner en marcha ese plan cuanto antes.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —preguntó 373.
Cooper inspiró hondo, cerrando los ojos.
—Uno de los que sacamos a 354…
—Night —corrigió este con un gruñido, aunque carraspeó al recordar que no lo había dicho y se relajó—. Tengo nombre ahora.
Este asintió a modo de disculpa.
—Uno de ellos trabaja investigando por qué las mujeres no se quedan embarazadas. Y lo ha descubierto.
—Pero eso es bueno —dijo 322—, dejarán de hacerles pruebas a nuestras hembras.
—No —lo contradijo Cooper, negando con la cabeza y sacando la aguja de su brazo—, no, todo lo contrario. ¿Creéis que vuestras pruebas son brutales? Están siendo suaves con vosotros porque cuesta mucho dinero, recursos y encubrimientos crearos, por eso no sois muchos. Pero en el momento en que puedan hacer que os reproduzcáis, eso cambiará. Los experimentos empeorarán, vuestra gente morirá en masa todos los días —dijo al mismo tiempo que regresaba al carrito para dejar la sangre en un frasco y preparar otra aguja—. Además, vuestras mujeres no sobrevivirán al parto, no en el estado en el que están. Morirán desangradas nada más dar a luz, y eso si esos bastardos se molestan siquiera en intentar salvarlas. Será una masacre —dicho esto, fue hacia 373 para seguir con el procedimiento—. Por eso te sacamos de aquí, Night. Norm no podrá manipular los análisis mucho más tiempo sin que le descubran, y si lo hacen, lo matarán.
Night apretó la mandíbula, comprendiéndolo todo. Aunque Therian hubiera destruido toda su investigación, si los médicos descubrían que había un modo de reproducirse, ellos perderían la ventaja que tenían y morirían rápidamente, uno detrás de otro. Serían prescindibles, siempre podrían crear a más de los suyos para sus experimentos.
Tenía razón, había que sacar a sus compañeros de allí cuanto antes.
—¿Hay algún modo de que puedas localizar a Vane?
Cooper frunció el ceño.
—Uno de los nuestros es un guardia. Tal vez podamos inventar algo.
Night asintió.
—Si le veis, preguntadle cómo contactar con Zane y hablad con él, decidle que estamos en peligro y que tienen que poner en marcha el plan.
—¿Y si no nos creen?
—Lo harán, Vane te dirá lo que hay que hacer.
El técnico hizo un pequeño movimiento afirmativo con la cabeza antes de retirar la aguja de 373 y regresar al carrito.
—De acuerdo. Haremos todo lo que esté en nuestra mano.
Night se quedó más tranquilo al saber que contaba con algo de ayuda. Si Cooper o Brower u otro de los hombres que estaban de su lado podían llegar hasta Vane, tendrían muchas más probabilidades de salir de allí; su macho era inteligente, no tenía ninguna duda de que se le ocurriría un buen plan para contactar con sus hermanos y escapar de ese maldito lugar. Además, tener la seguridad de que seguía vivo, tanto él como Max y Ethan, le aliviaba. Ellos habían hecho mucho por él, habían arriesgado sus vidas por su gente.
Habría perdido la cabeza si hubieran muerto por su culpa. No habría podido soportarlo. Y sin Vane a su lado, no habría querido seguir viviendo, aunque fuera en libertad.
—Gracias, Cooper —le dijo de corazón.
Este lo miró un momento mientras terminaba de preparar la última aguja y le dedicó una imperceptible sonrisa.
—Tyler. Me llamo Tyler.
Night le sonrió abiertamente, dándole las gracias en silencio a Therian porque hubiera encontrado a gente como Tyler para ayudarles. Tal vez se había equivocado en algunas cosas, pero estaba empezando a perdonarlo, a comprender mejor cómo llegó a la situación en la que se encontró con Mercile… y todas las decisiones que tomó después. En el fondo sabía que no había sido su intención hacer daño a nadie y… Desde que conoció a Vane y a los demás, desde que vio el hermoso mundo que había más allá de los barrotes de su jaula… estaba agradecido por estar vivo. Antes no había querido estarlo, no si todo lo que iba a conocer era el dolor y el miedo.
Ahora sabía lo que había fuera. Sabía lo que era la libertad. Y el amor.
Quería eso, para él y para su gente. Durante el resto de sus vidas.
Por eso, a pesar de todo lo malo que había experimentado… se alegraba de haber sido creado.
—¿Por qué nos ayudas?
La voz de 322 lo distrajo de sus pensamientos y se giró. Su compañero no parecía enfadado, solo sorprendido.
Aun así, Tyler respondió mientras pinchaba el brazo de 345. Como siempre, este lo miraba fijamente y con intensidad; había sido así desde que Tyler lo salvó de una técnico, según le había contado.
—Odio a Mercile —rezongó con rabia. A Night le sorprendió escuchar su voz teñida de puro rencor—. Destrozó a mi familia. Entré aquí con la intención de hacerles daño… pero no imaginaba que vosotros… —su voz se apagó un momento, como si estuviera conteniendo alguna emoción. 345 fue el único que vio cómo trataba de retener las lágrimas—. No podía dejaros aquí —dicho esto, miró a 345—. Adam me vio contigo. Se acercó a mí porque sabía que yo le ayudaría.
La comprensión brilló en sus ojos y tragó saliva por la emoción.
—No volví a ver a esa técnico. Lo que hiciste fue peligroso para ti, ¿verdad?
Tyler esbozó una amarga sonrisa.
—Si otro que no hubiera sido Adam me hubiera visto, habría acabado como ella.
345 inclinó un poco la cabeza, aunque sus ojos no abandonaron los suyos.
—Siempre supe que eras un buen macho. Gracias por lo que hiciste.
El hombre asintió y, muy sutilmente, le dio un apretón en el brazo antes de quitarle la aguja y regresar al carrito.
—Yo y los demás averiguaremos todo lo que podamos. Volveré en cuanto pueda para deciros lo que está pasando.
Night gruñó, satisfecho y más tranquilo sabiendo que tenían un aliado que tenía cierta libertad para moverse.
Por ahora, ellos controlaban el juego. Ahora solo faltaba que Vane hiciera su movimiento.


¡BAM!
Vane alzó la cabeza de golpe al escuchar el portazo en la entrada de la cocina. Seis hombres entraron a gritos y fueron directos a por él, Max y Ethan; seguían llevando ropa de estilo militar oscura y un cinturón con pistolas y cuchillos, pero no vio que portaran el chaleco antibalas ni tampoco ningún fusil.
Eso era bueno. A largo plazo, al menos.
Los agarraron por los brazos y los levantaron entre bruscos zarandeos: Ethan trató de resistirse, aunque en vano, ya que no poseía la fuerza suficiente para hacerles frente y bastó con un fuerte golpe en el estómago para que se doblara en dos por el dolor y quedara inmóvil mientras era arrastrado; Max, en cambio, luchó ferozmente, especialmente cuando vio que herían a Ethan, reaccionando dando un cabezazo en la cara al hombre que tenía más cerca, quien le respondió con un insulto seguido de un puñetazo en la cara que le rompió la nariz, pero eso no bastó para que su hermano tratara, por todos los medios, de quitárselos de encima, y Vane, consciente de que su estado no era el mejor a pesar de los primeros auxilios de Ethan, se dejó arrastrar hacia el salón, donde lo pusieron boca abajo sobre el suelo y le ataron los tobillos y las manos a la espalda.
A Max lo tuvieron que inmovilizar entre tres hombres en el suelo, ya que no dejaba de luchar con furia, mientras que a Ethan tan solo lo sujetaron entre dos hombres.
Aprovechó esos segundos en los que su hermano trataba de ganar algo de tiempo para atrasar lo inevitable y echó un vistazo rápido a su casa. Tal y como esperaba, todo estaba destrozado: los cristales rotos de las ventanas yacían amontonados bajo estas, justo al otro lado de la estancia, por lo que no era una opción cortar sus ataduras con ellos ni usarlos como posible arma; los sofás estaban raídos, los habían cortado por todas partes en busca de algo importante como una llave o cualquier objeto con las claves de su ordenador, su móvil y la trampilla del suelo; las sillas que no estaban usando esos hijos de puta estaban tiradas de cualquier forma, siendo la mesa lo único que permanecía en pie, en la cual estaban trabajando con sus aparatos electrónicos; habían partido las estanterías y roto sus objetos personales, en su gran mayoría recuerdos de sus viajes y, lo que más le fastidió, las fotos de sus amigos y familia.
Sin embargo, su ira se encendió de nuevo al ver, tirada en las escaleras, a Sam. Su cuerpo inerte había sido dejado de cualquier forma en el suelo, como si la hubieran lanzado cual despojo de basura.
Tembló de rabia mientras su respiración se aceleraba por la rabia. Mataría a esos cabrones. Los apuñalaría en las pelotas y les perforaría los pulmones. Dejaría que se ahogaran en su propia sangre.
—¡Quieto, coño!
—¡Que te jodan! —rugió Max.
El grito de su hermano lo distrajo lo suficiente como para alejar la vista de la fiel compañera de Vic y clavarla en el bastardo que acababa de coger a Max por el cabello para mantener su cabeza contra el suelo.
—Tienes un hermano muy problemático.
Incluso antes de levantar la vista, sabía que el que estaba hablando era el líder del grupo. Este se agachó delante de Vane. Tenía un cuchillo grande en la mano y lo observaba con cara de pocos amigos.
—Te lo diré una última vez —le advirtió, moviendo el filo por delante de su rostro, tratando de intimidarlo—. Danos las contraseñas.
Vane no dijo ni una palabra, desvió su vista del arma para clavarla en los ojos del hombre, desafiante. No iba a darle ni una mierda a ese cabrón.
Los rasgos de este se endurecieron, sabiendo que no iba a hablar, y asintió para sí mismo.
—Será por las malas, entonces —dijo mientras se ponía en pie—. Traed al médico.
—¡No! —rugió Max, luchando de nuevo contra los guardias que lo retenían, a pesar de que fue totalmente inútil.
Ethan también trató de resistirse un poco, pero fue arrastrado igualmente hacia una silla que el líder del equipo dejó a pocos metros de Vane, para que pudiera ver en primera fila cómo su amigo era torturado. Joder, de acuerdo que había pensado que era probable que escogieran a Ethan, pero creyó que al ser médico había muchas posibilidades de que lo dejaran en paz porque podía serles útil.
—Ethan… No… —gruñó Max, ya que sus guardianes se habían abalanzado sobre él y tenía la cara totalmente pegada al suelo.
Este tragó saliva mientras ataban sus manos por detrás del respaldo, pero le lanzó a Max una mirada firme.
—Tranquilo. Todo irá bien.
—Ya lo creo que sí —dijo uno de los hombres que estaban alrededor del líder, el cual se adelantó para darle un fuerte puñetazo que le partió el labio, haciendo que la sangre resbalara por su mentón.
—¡Hijo de puta! —rezongó Max, intentando sacudir los hombros.
Vane no dijo nada, pero todo su cuerpo era pura tensión. Observaba atentamente al doctor, calibrando cuánto tiempo sería capaz de aguantar hasta que Zane y los demás llegaran. Echó un vistazo rápido y discreto por las ventanas; ya había oscurecido, no deberían tardar demasiado…
—Hable, doctor —le recomendó el que lideraba al resto con los brazos cruzados—. No tiene por qué pagar por los errores de sus amigos.
Para sorpresa de todos, este soltó una carcajada amarga y levantó la cabeza. Sus ojos no mostraban otra cosa que no fuera determinación.
—No sé de qué me habla.
El hombre torció la boca y le hizo un gesto al hombre que lo había golpeado. El susodicho regresó junto a Ethan y le lanzó otro puñetazo, más fuerte que el anterior. Max rugió y trató de retorcerse, preso de la rabia y la furia, mientras que Vane apretó los dientes; sus ojos no abandonaron el rostro de Ethan en ningún momento.
Y por eso vio algo que lo impresionó. El doctor tosió un poco de sangre y levantó de nuevo la cabeza. Su mirada era dura como el metal.
Eran unos ojos que había visto en unos pocos hombres del ejército. Hombres que por mucho que fueran golpeados no cedían ninguna información. No importaba lo que les hicieran.
Shawn había ganado esa mirada durante su entrenamiento como espía. Pero no esperaba verla en alguien como Ethan.
Sin embargo, el gilipollas que le estaba pegando estaba demasiado cegado por su arrogancia como para darse cuenta.
—¿Ya tienes ganas de hablar?
El joven médico ni lo pensó, le escupió sangre a las botas.
El gesto del soldado cambió a un rostro enrojecido y volvió a darle un puñetazo, seguido de otro. Y de otro. Y otro más. Con una fuerza equivalente a su propia rabia mientras le gritaba que si tan hombre se creía, que aguantara todos los golpes que tenía para él. No se detuvo hasta que Ethan acabó con toda la cara amoratada, y aun así habría seguido de no ser porque el líder lo agarró por los brazos y lo obligó a retroceder.
Vane contempló cómo Ethan resoplaba mientras la sangre goteaba por todo su rostro.
—Ethan… —lo llamó, preocupado. Una persona normal habría suplicado porque se detuviera, pero él ni siquiera había abierto la boca. Se había limitado a aguantar.
Este hizo un vago asentimiento hacia él.
—Estoy bien…
—¡¿Que estás bien?! —gritó el soldado, zafándose del agarre y abalanzándose sobre Ethan para lanzarle un nuevo golpe, esta vez en el estómago.
Su amigo gimió por el dolor.
—¡Ethan! —gritó Max—. ¡Déjalo en paz!
El cabrón no le hizo ni el menor caso, sino que le lanzó un gancho al doctor que lo dejó aturdido y después empezó a estrangularlo. Sin embargo, el líder alzó una ceja al escuchar la desesperación en el tono de su hermano.
Vane se tensó por completo. ¿Qué haces, Max?
—Quieto, Rogers —ordenó el jefe—. Hay un pájaro que quiere cantar.
—En un minuto… —gruñó este, haciendo más fuerza sobre el cuello de Ethan. El pobre a duras penas podía jadear en busca de una bocanada de aire cuando dos hombres agarraron al bastardo y prácticamente lo arrancaron del médico, que dejó escapar una tos bastante fea antes de aspirar aire con brusquedad—. ¡Te mataré! ¡¿Me oyes?! ¡No eres nada!
Ethan, para sorpresa de Vane, aún tuvo el descaro de soltar un resoplido, como si no dijera más que tonterías. El tal Rogers trató de resistirse al agarre de sus compañeros, pero entre los otros dos lograron mantenerlo alejado.
Mientras tanto, el líder se había agachado junto a Max, mirándolo con un brillo inquisitivo en los ojos.
—Con que no quieres que hagamos más daño a tu amigo, ¿no?
El rubio apretó los labios, furioso y frustrado a la vez.
—Max —lo llamó Vane con un tono de advertencia. Si su hermano hablaba, estaban muertos.
—No te metas —le advirtió el jefe, sacando su cuchillo para apuntar en su dirección—, tu hora de negociar ha pasado. Ahora estoy con tu hermano.
Él apretó los labios, sabiendo que solo empeoraría las cosas si trataba de hacer entrar en razón a Max, y, en cambio, miró por las ventanas. Había oscurecido lo suficiente como para preparar un buen ataque. Vamos, Zane, ¿dónde coño estás? Es un buen momento para que hagas una de tus espectaculares entradas heroicas.
—Cierra… la boca…
La pesada voz de Ethan lo distrajo lo suficiente como para echarle un vistazo.
No tenía buen aspecto, para nada. Su rostro enrojecido por la estrangulación hacía resaltar de un modo horroroso la oscura sangre que resbalaba desde sus labios, nariz y algunos puntos de su cabeza por los bultos hinchados que le habían provocado los golpes. Y, aun así, seguía teniendo esa misma mirada endurecida que jamás habría reconocido en él.
Max lo observó con desesperación.
—Ethan, estás hecho pedazos.
—No… hablarás…
—Si siguen así, te matarán.
—Es mi decisión…
—No me importa, no dejaré que mueras por esto.
—¡NO DIRÁS UNA MIERDA! —rugió Ethan, fulminándolo con los ojos—. ¡No vas a condenarnos porque pienses que no puedo soportar el dolor! —Hizo una corta pausa en la que su mirada se ablandó—. Hay cosas más importantes en juego y lo sabes. Yo escogí llegar hasta el final. Déjame luchar a mi manera.
Max tragó saliva, impresionado por el arranque de determinación de su amigo. Él, que detestaba incluso verlo entrenar con Vane, que había temblado ante la idea de tener que coger un arma, que se había puesto histérico cuando aquel otro grupo de soldados fueron a por ellos… Ahora ya no vacilaba. Estaba tan firme como si hubiera recibido el mismo entrenamiento que él.
Vane dejó escapar el aire despacio, un poco más tranquilo.
Pero le duró poco. Rogers se zafó finalmente de sus compañeros y se llevó la mano a la pistola del cinto. Antes de que nadie pudiera hacer nada, ya estaba apuntando a Ethan con ella.
—¡NO! —aulló Max, retorciéndose de nuevo en un vano intento por librarse de los hombres que lo retenían.
—Rogers, ¿qué haces? —preguntó el jefe. No puso los ojos en blanco, pero su voz sonó como si lo hubiera hecho.
—Acabar con esta gilipollez —respondió este mientras se acercaba al doctor—. Él no quiere hablar. Los otros tampoco quieren. Puede que esto los anime a colaborar.
—Por mí adelante —gruñó Ethan.
—¡¿Qué?! ¡¿Crees que no lo haré?!
—Rogers, deja de hacer tonterías, déjame a mí —le dijo el líder, empezando a sonar algo mosqueado.
Vane, dándose cuenta de que ese guardia estaba bastante fuera de control, y no había nada peor que un hombre descontrolado y armado, empezó a moverse, aprovechando que todos tenían su atención puesta en él. Disimuladamente, se puso de lado y flexionó las rodillas…
—Solo necesitamos a uno con vida —seguía replicando Rogers, sin alejar sus rabiosos ojos de Ethan—. ¿Por qué tenemos que esperar más tiempo?
El jefe del equipo parecía estar hartándose de la actitud de su compañero.
—Rogers, esto no es una ejecución, sino un interrogatorio. No estamos tratando de dar ejemplo a las bestias.
—Pero me mira como ellas —gruñó el otro, mirando con desprecio al doctor—. Tiene la misma mirada de esos hijos de perra que se niegan a obedecerme cuando les doy una orden y de esas putas que prefieren ser jodidas por sus hombres animales. ¡Me miran por encima del hombre!, ¡como si fueran mejores que yo!
—Eso no es muy difícil —masculló Ethan, ganándose así un golpe con la pistola.
—¡Cierra la puta boca! —aulló Rogers.
¡Ahora!
Vane, que había logrado ponerse en cuclillas a pesar de las cuerdas que llevaba en los tobillos, se incorporó con rapidez y dio un par de saltos rápidos con toda la fuerza que tenía para saltar sobre Rogers, dejando que todo su peso cayera sobre él para lanzarlo al suelo. Tal y como esperaba, la pistola se le resbaló de entre las manos y, sin pérdida de tiempo, la empujó lejos con los pies para que Rogers no pudiera volver a cogerla. No era su intención escapar, era totalmente imposible en esas condiciones, pero sí había querido que ese hombre apartara el arma de Ethan.
No era un interrogatorio normal, era mucho peor. Los hombres que estaban allí eran celadores violentos que se aprovechaban de que Night y sus amigos estaban indefensos para abusar de su poder de todas las formas posibles. Eso había creado monstruos como Rogers, que se creía superior a todos.
No era bueno para un interrogatorio. Sus probabilidades de sobrevivir habían bajado con un sujeto como él entre ellos.
Admiraba el valor de Ethan, había hecho bien en mostrarse firme y no dejarse amedrentar, pero se había propasado al provocar a Rogers. Aunque, claro, él tampoco había previsto que enviarían a tipos como ese gilipollas. Se suponía que lo más importante para ellos era descubrir hasta qué punto sabían sobre Mercile y sus experimentos y qué contacto habían tenido con el doctor Therian, era evidente que su investigación era lo más importante para esa empresa.
No creyó que fueran tan imbéciles como para enviar a los hombres que menos autocontrol tenían.
—¡Hijo de puta! —gritó Rogers mientras se levantaba de un salto.
Vane apretó los dientes, preparado para su ración de golpes, y se dio la vuelta, poco dispuesto a permitir que una mala patada le reventara la columna vertebral, no podía quedarse paralítico justo cuando Night más le necesitaba.
Sin embargo, el ataque no solo le quitó el aire, sino que le hizo escupir sangre por la boca.
Le había dado justo en la herida del pecho.
—¡VANE! —rugió Max, revolviéndose con tal violencia que por poco se saca de encima a uno de los guardias que lo retenían.
Él no respondió, sino que se llevó la mano a la mancha de sangre por puro instinto. Esa bala no le dio anoche en un lugar mortal, los médicos del grupo, sin duda enfermeros militares, contuvieron la hemorragia y taponaron la herida para evitar que se desangrara antes de vendarle, pero eso no era suficiente. Era lo justo para que un hombre tratara de regresar vivo para que le extrajeran la bala y lo operaran. Podía durar un par de días, tal vez un poco más si habías pasado por la misma mierda que Vane había vivido en el campo de batalla, pero no más sin que ese proyectil te causara problemas.
Y menos si volvías a recibir un golpe fuerte en el mismo lugar y te abría la herida.
Esta vez, no sobreviviría, no sin operación.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó el líder del grupo, cogiendo a Rogers por el cuello de la camisa y lanzándolo al suelo, alejándolo de Vane y del arma—. ¡¿Qué coño has hecho?!
—¡Me ha atacado! ¡Se lo merece!
—¡Eres imbécil! ¡¿No te das cuenta de que a este lo necesitamos con vi…!?
¡BUM!
La parte posterior de la cabeza del hombre estalló en sangre.
Y, antes de que nadie más pudiera reaccionar, Rogers también cayó torpemente al suelo. En su cabeza había más sangre.
—¡Nos atacan! —gritó alguien.
Todos los soldados corrieron de un lado a otro, prácticamente aturdidos, sacando las pistolas y buscando con desesperación los chalecos antibalas. Max, nada más verse libre de sus captores, se incorporó de un salto y corrió hacia el cuerpo de Rogers, que estaba más cerca, cogiendo su cuchillo antes de dirigirse con rapidez a Ethan; lo desató de un corte fuerte en las muñecas y le ordenó:
—Detrás de las escaleras, ve rápido y tan agachado como puedas, ¡ya!
Este obedeció sin rechistar y salió disparado una vez libre. Entonces, Max fue sin pensárselo a por su hermano, a pesar de que estaba en primera línea de fuego. No importaba, sabía que sus hermanos le estarían cubriendo mientras que los guardias trataban de salir de su estupor.
—Vamos, Vane, aguanta —le dijo mientras lo cogía por debajo de los hombros con un solo brazo, ya que el otro estaba en feas condiciones por culpa del hombro dislocado, pero aun así lo usó para sujetar el cuchillo por su alguien se cruzaba en su camino.
Una vez agarró a su hermano, lo arrastró por el salón hasta detrás de las escaleras, aprovechando que los guardias todavía se estaban poniendo los chalecos antibalas y asegurándose de que sus pistolas estaban cargadas. Tenía que darse prisa.
—Max… Las luces… —gimió Vane mientras lo arrastraba junto a Ethan.
—Lo sé —dijo a la vez que lo tumbaba junto al médico. Lo miró solo un instante, no había tiempo que perder—. Haz lo que puedas. Solo tienes un minuto —y dicho esto, corrió hacia la entrada, quitándole el pestillo con rapidez y saliendo al exterior.
Fuera reinaba una noche absoluta, pero Max conocía tan bien el camino por todas las veces que su hermano y él habían practicado ese recorrido que no se detuvo hasta llegar a la caja con fusibles que había en el exterior de la casa. Introdujo el código de seguridad que memorizó cuando se mudaron allí y la puertecilla se abrió dócilmente, dándole un precioso acceso a los interruptores de las luces. Agarró uno sin vacilar y lo tiró hacia abajo.
Al instante, la casa se quedó a oscuras.
Ahora Zane y los demás podrían deslizarse sin problemas en las sombras y él podría ayudar a Ethan y Vane a salir de la casa. Los hombres de Mercile no conocían la casa, pero ellos sí. Andarían ciegos y haciendo ruido mientras que ellos serían silenciosos.
Por eso era tan importante que llegara a las luces. Sus hermanos habían disparado creando el miedo y la distracción, unos minutos preciosos para que uno de ellos pudiera llegar hasta allí y cegar a esos cabrones; disparar al jefe y a Rogers había sido un extra porque eran los que más cerca estaban de Ethan y Vane, de los rehenes. Así habían evitado que los usaran en su contra. A los guardias que lo habían mantenido inmovilizado era más difícil porque no había estado tan cerca de la ventana como su hermano y Ethan, pero había sobrado para asustarlos lo suficiente como para moverse y dejarle el camino libre para poner al resto a cubierto.
Menuda suerte.
—Max —susurró una voz.
Nada más darse la vuelta, vio dos figuras oscuras moviéndose hacia él. Conocía tan bien su forma de desplazarse que los reconoció sin problemas.
—Dylan, Kasey —murmuró, permitiendo que le dieran un breve abrazo—. Vane y Ethan aún están dentro, detrás de las escaleras.
—Nosotros los sacaremos —susurró Kasey—, tú ve al camino que da a la carretera, verás una furgoneta. Joyce y Joseph están ahí, te curarán.
—¿Qué le ha pasado a Vane? —preguntó Dylan, preocupado—. Hemos visto la sangre, pero no hemos entendido por qué.
—Tiene una herida de bala en el pecho.
—Oh, mierda —masculló Kasey.
—Hay que sacarlo de aquí ya o perderá demasiada sangre.
Entonces, escucharon el crujido característico de una radio que se encendía porque alguien estaba hablando.
—Chicos, ¿cómo vamos por ahí? —preguntó Zane.
Dylan respondió con rapidez.
—Vane está mal, herida de bala en el pecho.
—Joder —maldijo su hermano—, cogedlo y lleváoslo en la furgoneta al hospital. Nosotros os daremos fuego de cobertura.
—Entendido —dijo Dylan antes de quitarse la radio del hombro y dársela a Max—. Para que estés informado. No tardaremos mucho.
—Daos prisa —les pidió.
Los más jóvenes de los Hagel asintieron y aferraron sus fusiles con fuerza mientras se deslizaban hacia la entrada de la casa. Max, por otro lado, empezó a caminar en dirección contraria, aunque detectó sombras en movimiento que rodeaban la casa, sin duda alguna preparándose para entrar.
En cuanto se alejó unos metros, la radio volvió a sonar y se detuvo un momento, atento. Era Zane otra vez.
—Atención a todos los equipos, preparados para entrar a mi señal. Las órdenes del capitán fueron claras: arrasemos la pista.

lunes, 1 de julio de 2019

El Reino de los Zorros


Capítulo 23. Hijo de los dioses

—Sasuke, despierta.
Sasuke dejó que sus párpados se alzaran con pesadez. Estaba agotado y se sentía hecho pedazos. Entre el enfrentamiento con Korin anoche, torturarse con la esperanza de que tal vez Naruto seguía vivo tras la declaración silenciosa de Chidori y soñar que Taka lo traía de vuelta sano y salvo… Ahora, al despertar y darse cuenta de la cruda realidad, era como si estuviera completamente hundido bajo una tonelada de nieve, envuelto en una capa de duro hielo que le impedía moverse.
Y, la verdad, tampoco tenía ganas de luchar contra ello. Era uno de esos días en los que tan solo quería acurrucarse en su propio dolor y dejar que lo consumiera hasta que la muerte se lo llevara, hasta que esta lo condujera con su rubio.
Era lo único que deseaba.
—Hijo —lo llamó su padre, colocando una mano sobre su hombro—, la tormenta ha pasado.
Al escuchar esas palabras, Sasuke abrió los ojos de golpe y toda esa pesadumbre que tenía encima desapareció, haciendo que se levantara de un salto y corriera a prepararse.
Fugaku contempló sin mediar palabra cómo su hijo se calzaba con las mejores botas que tenía, gruesas y cómodas para la montaña, con unos pantalones rellenos de una capa de lana, una camiseta interior de manga larga sobre un chaleco de pelo de lobo y una capa con mangas de oso. También cogió unos guantes que se metió en uno de los bolsillos del chaleco antes de coger una bolsa de viaje que tenía junto a la cama, que supuso que era una muda de ropa para Naruto, por si seguía vivo, así como su espada, un arco y un carcaj de flechas y un par de cuchillos.
—Tengo que irme —le dijo Sasuke con premura, sin molestarse siquiera en peinarse o arreglarse lo más mínimo.
Sin embargo, Fugaku lo detuvo cogiéndolo por el hombro con suavidad. El joven Uchiha se giró, preparado para decirle que ya sabía lo que encontraría probablemente, que no debía hacerse ilusiones, pero necesitaba verlo con sus propios ojos para poder llorarlo, superar su dolor, seguir adelante… y aprender a vivir con esa pérdida. Porque esa ínfima esperanza aún seguía con él, ese cruel sentimiento que alimentaba su anhelo de que todavía había alguna posibilidad de tener un futuro con Naruto.
No quería seguir viviendo con esa incertidumbre, con esa desesperación de no saber a qué sentimiento enfrentarse. Si había perdido a su rubio para siempre… necesitaba pasar por el duelo y darle un entierro digno; no soportaba la idea de que su cuerpo yaciera a la intemperie, en un lugar oscuro y helado cuando su sitio estaba en su cálida y luminosa tierra. Y si, por algún milagro de Taka, seguía con vida… tenía que socorrerlo. Si había esperanza, haría hasta lo imposible para que Naruto viviera.
—Padre…
—Ve directo a los establos y sal por la puerta oeste —le aconsejó Fugaku.
Él frunció el ceño, sin entender.
—¿Qué ocurre?
Los rasgos del rey se ensombrecieron.
—Toda la nobleza de la capital se está reuniendo a las puertas de palacio. Se han vestido de negro.
Sasuke apretó la mandíbula con rabia.
Habían ido a darle el pésame.
Por supuesto, una noticia como la de la trágica muerte del creador se habría extendido como la pólvora nada más pasar la ventisca. Seguro que también sabían de la enfermedad de Izumi e iban también a ofrecer vanas frases de consuelo a Itachi y a la familia real.
Pese a que sabía que no lo hacían con mala intención, le ofendió que hubieran dado por muerto a Naruto cuando ni siquiera había encontrado su cuerpo.
Chidori, percibiendo sus emociones, le lanzó una descarga suave de calor, avivando su esperanza de que su rubio estuviera vivo, haciéndola arder en su interior con una fuerza que no había tenido antes. De alguna manera, la convicción de su espada borró todos sus temores, acalló la voz de la lógica en su cabeza y le hizo creer ciegamente, de nuevo, en su esposo. Naruto era la persona más increíble, impredecible, fuerte y valiente que había tenido el honor y la fortuna de conocer. Tenía que haber algo, algún truco o habilidad de creador, que hubiera podido utilizar para aguantar.
Todo el mundo lo subestimaba siempre, incluido él. Esta vez, no lo haría. Creería en él.
Se acomodó la bolsa sobre el hombro y miró a su padre con fiereza.
—Disculpa a nuestros invitados de mi parte —dijo con un toque de ironía—. Debo encontrar a mi esposo.
Fugaku no se interpuso en su camino, se hizo a un lado para dejarle pasar y observó con cierta inquietud cómo desaparecía por el pasadizo en dirección a los establos.
Había sido testigo de la ardiente llama de la esperanza en sus ojos y, aunque en parte le alegraba ver que su hijo no se dejaba engullir por el dolor, también le preocupaba que ese sentimiento provocara que la caída fuera aún más dura.
Él, como Sasuke, también se debatía entre la fría lógica y sus creencias. Ningún mortal podría sobrevivir a una ventisca sin refugio, comida ni agua durante dos semanas, acabaría desnutrido si las gélidas temperaturas no lo mataban antes.
Pero Naruto no era ningún mortal.
Era un creador, hijo de los dioses.
Sasuke creía que podía seguir vivo. No estaba seguro de si era porque no quería creer que, ahora que por fin había encontrado el amor, iba a perderlo para siempre, porque conocía las misteriosas habilidades de su prometido, por un instinto primario que no se podía explicar, o tal vez por una mezcla de todo.
Él creía en su hijo. Y también en los dioses.
—Taka… —rezó en voz baja—. Por favor, permite que el heredero de Kurama viva. Deje que mi hijo se reúna con él.


Sasuke salió del castillo montado a lomos de uno de los caballos de su padre, joven y fuerte, sabiendo que a él no le importaría y que necesitaría un medio de transporte rápido y cuyas patas fueran capaces de galopar contra la cantidad de nieve que se había acumulado sobre el suelo. Ató a la silla el arco y el carcaj de flechas junto a una larga cuerda, por si se veía obligado a hacer escalada por la montaña para buscar a Naruto en algún acantilado, dejando a Chidori en su cinto, y después salió rápidamente por la puerta oeste, tal y como le había aconsejado su padre.
El camino estaba desierto, lo cual le daba vía libre para ir directo a la Montaña Sagrada sin que nadie se interpusiera en su camino para darle las malditas condolencias. Así que espoleó al corcel, animándolo a cabalgar a un ritmo lento pero seguro, no quería detenerse por arrollar sin querer a un aldeano que estaba quitando nieve del camino o que cruzara por el medio. Siguió así hasta que por fin salió de la ciudad y se extendió ante él la blanca pradera que precedía a la larga hilera de montañas entre las cuales se hallaba el lugar sagrado de su dios.
Un dios al que rezó una vez más:
—Mi señor Taka, por favor, deje que Naruto viva —pidió con desesperación—. Haré lo que sea, cualquier cosa que pida, pero permita que vuelva conmigo, por favor. Por favor, por favor, por fa…
Un graznido interrumpió su plegaria, haciendo que su corazón, por un segundo, se detuviera. Solo uno. Después, volvió a palpitar con fuerza, acorde con su esperanza, la cual ardió más que nunca, llenando cada recoveco de su ser y relegando cualquier temor a un profundo rincón.
Tiró de las riendas al instante, deteniendo el caballo y haciéndolo girar a un lado y a otro al mismo tiempo que él buscaba precipitadamente un ser que tan había sido avistado por el hombre en contadas ocasiones, pero que esperaba ver por segunda vez. Sus ojos recorrieron desesperados la blanca planicie y el cielo despejado, ya empezaba a pensar que solo habían sido imaginaciones suyas… pero, entonces, un segundo graznido resonó en la pradera y se giró.
Ahí estaba. Blanco como la nieve recién caída y salpicada por pequeñas motas negras, el ave sagrada planeaba grácilmente en su dirección, a pocos metros del suelo. Estaba claro que quería ser vista.
La criatura hizo dos círculos en el cielo, justo sobre su cabeza, asegurándose de que llamaba su atención, y después se desvió hacia el sur, en dirección a la costa.
Sasuke no se paró a preguntarse por qué allí, simplemente, la siguió. Cabalgó bajo el vuelo del halcón blanco durante lo que a él le pareció una eternidad, esperanzado porque Taka hubiera atendido sus súplicas y angustiado a la vez por si Naruto necesitaba sus cuidados. Fuera como fuera, en todo ese tiempo, solo pudo escuchar los golpes de las patas de su caballo contra la gruesa nieve, el suave batir de las alas del ser en el que había depositado todas sus esperanzas y su corazón bombeando contra sus oídos. Sus manos, convertidas en puños de pura tensión, tan solo estaban pendientes de dirigir el caballo, y sus ojos oscilaban entre el ave y el horizonte, por donde vislumbró las aguas normalmente oscuras y gélidas de su tierra, ahora iluminadas por los colores anaranjados y dorados del amanecer.
Por un momento, Sasuke tuvo la sensación de que se trataba de alguna especie de premonición. El sol naciendo desde las negras profundidades del océano parecían estar anunciando el regreso de Naruto después de la larga tempestad. Solo rezaba porque fuera verdad.
En cuando llegó a la orilla del mar, tiró de las riendas del corcel para que fuera al trote y echó otro vistazo al halcón. Este soltó un último graznido antes de hacer un giro en el aire y volar velozmente hacia el oeste, de vuelta a las montañas. Frunció el ceño, sin comprender lo que ocurría… hasta que, al bajar la mirada, vio movimiento a lo lejos.
Su corazón se detuvo.
Alguien se acercaba a su posición. Estaba a unos veinte metros, pero pudo ver que andaba cojeando y que llevaba una piel de oso encima que lo cubría entero y lo protegía del frío.
El alivio puro y la alegría más absoluta estallaron dentro de él al reconocer dicha piel.
—¡NARUTO! —lo llamó, sabiendo que solo podía ser él.
El caminante se detuvo en seco y apartó el manto de su rostro… dejando ver una revoltosa cabellera rubia que reconocería en cualquier parte. Y por si eso no hubiera bastado…
—¡Sasuke! —exclamó la voz de su esposo, que hizo vibrar cada centímetro de su ser por el torrente de emoción que lo inundó como una ola arrollando la costa.
Sin pérdida de tiempo, espoleó su caballo para que fuera tan rápido como fuera posible hasta su Naruto, salvando los metros de distancia que los separaban. A medida que se acercaba, pudo apreciar con mayor claridad que sus ropas estaban desgastadas y maltrechas por el uso constante, su melena rubia que había crecido un poco, las marquitas de sus mejillas algo hundidas, sus ojos azules… Dioses, se veían algo cansados, pero seguían siendo los más hermosos que había visto.
En cuanto estuvo a menos de cuatro metros de distancia, saltó del caballo y aterrizó sobre la nieve, en la cual quedó enterrado hasta las rodillas, pero se la quitó de encima rápido y a trompicones, desesperado por llegar hasta su rubio, para después correr hacia este, temiendo que, si no llegaba a tiempo, fuera a desvanecerse para siempre.
Naruto también iba tan rápido como podía hacia él, a pesar de que iba cojeando y que su pierna herida estaba temblando. Tanta prisa tenía por reunirse con él que le acabó fallando, y habría caído al suelo de no ser porque Sasuke se lanzó para atraparlo.
—¡Naruto! ¿Estás bien? —le preguntó, alarmado porque estuviera más malherido de lo que había creído, al mismo tiempo que lo ayudaba a sentarse sobre su regazo.
Su rubio se agarró a su piel de oso y le sonrió.
—Estoy bien —le respondió.
Sasuke tragó saliva al ver sus labios curvados hacia arriba.
Pensó que no volvería a contemplar esa sonrisa. Que no volvería a estar entre sus brazos.
Tenía miedo de que fuera un sueño. Un preludio de su peor pesadilla. Le aterraba que estuviera gravemente herido, desnutrido, helado, lo que fuera. No podía perderlo, no ahora que lo tenía delante.
—¿De verdad estás bien? —Tenía que saberlo, tenía que saber si estaba herido y qué hacer para que se recuperara—. ¿Tienes frío? —Se quitó un guante con rapidez y puso la mano sobre su mejilla, temblando de alivio al ver que era cálida—. ¿Conseguiste comida? ¿Estás deshidratado? —Eran tantas las malas opciones que era incapaz de centrarse en algo concreto—. ¿Qué le ha pasado a tu pierna? ¿Por qué estás herido?
—Me caí y se rompió —respondió Naruto, sintiéndose mal y un poco tierno a la vez por ver a Sasuke tan loco de preocupación—, pero ya estoy bien.
Sin embargo, Sasuke no escuchó esa última parte. Toda la sangre había huido de su rostro al escuchar que Naruto se había caído. ¿De dónde? ¿A cuánta altura como para que se hubiera roto una pierna? ¿Tenía más heridas? ¿Y de qué gravedad?
—¿Estás herido? Dime dónde —ordenó a la vez que le abría la piel de oso para buscar signos de que sus órganos estuvieran dañados… o lo habría hecho de no ser porque su rubio le tomó las manos con suavidad y las estrechó, deteniéndolo y tratando de calmarlo.
—Sasuke, mírame —le pidió. Él obedeció de inmediato, por supuesto, encontrándose con sus ojos brillantes de emoción y su feliz sonrisa—. No estoy en peligro, no tengo nada que no vaya a curarse —dicho esto, alzó una mano y le acarició el rostro—. Estoy bien, y estoy contigo.
Al escuchar esas palabras, Sasuke sintió cómo la losa que había cargado con él desde hacía dos semanas se rompía en mil pedazos. Todo el dolor, todo el miedo y toda la desazón que lo habían acompañado desaparecieron, dejando un vacío que fue llenado por el más puro alivio, la alegría más plena y la emoción más profunda. La sensación fue tan poderosa que se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Naruto… —susurró. Quería decirle tantas cosas… Que sentía no haberle apoyado en la Montaña Sagrada cuando hablaron de Korin, que lamentaba haber dejado que se fuera solo, que había creído que no volvería a verlo, que no había pasado un solo día en el que no hubiera pensado en él, que había rogado porque estuviera sano y salvo, que lo había echado de menos, que era lo más valioso que había en su vida, que lo amaba.
Pero todo se le quedó atascado en la garganta. No podía hablar.
Sin embargo, su rubio, como siempre, le sonrió como si conociera cada pensamiento que surcaba su mente y, acto seguido, lo abrazó con fuerza.
Yo también te quiero, Sasuke.
… No había esperado que dijera esas palabras. Esas no.
El único miedo que había sentido durante esas dos largas y malditas semanas había sido que su rubio hubiera muerto. Y, su único deseo, que viviera. Que volviera con él. No había pensado en lo doloroso que habría sido que no correspondiera sus sentimientos, o si Naruto lo habría considerado un impedimento para casarse, como había ocurrido con Gaara. O cómo habría sido su matrimonio de haberse casado de todos modos, o, de haber ocultado su amor por él, si eso le habría hecho aún más daño.
A decir verdad, no había pensado nada de nada. Porque nada podría haber sido peor que vivir sin él.
Como le dijo a Taka, pagaría el precio que fuera necesario con tal de encontrar a su Naruto con vida.
Pero esto… Escuchar que le quería…
Un sollozo incontrolado escapó de su garganta y se aferró a él con fuerza, enterrando el rostro en su pelo mientras lloraba. Esa misma mañana se había levantado sin ningún tipo de esperanza, convencido de que tardaría meses en peinar toda la montaña en busca del cuerpo de su prometido… Y ahora estaba en sus brazos. Vivo. A salvo. Diciéndole que le amaba.
La sensación que invadió su pecho era demasiado grande como para poder controlarla, se ahogó en su propia emoción… Así que la dejó salir. Sin más.
Si un año atrás le hubieran dicho que se habría echado a llorar como un niño pequeño por una persona a la que su padre le había forzado a prometerse, le habría dado una buena paliza al muy imbécil que se hubiera a atrevido a soltar semejante gilipollez y después se habría reído con ganas con sus compañeros, como si estuviera contando un buen chiste. Sin embargo, ahora, en ese instante, no podría haberle importado menos su orgullo o su ego, le habría dado exactamente igual que el resto del mundo le estuviera mirando y se hubiera burlado de él.
Naruto estaba bien y le amaba. Era todo cuanto importaba.
Por otro lado, el rubio estaba absolutamente feliz y profundamente aliviado. Había intuido que Sasuke habría regresado al punto de encuentro al ver que se avecinaba una ventisca, pero había temido que se negara a abandonarlo después de haber discutido. Lo más lógico habría sido regresar al castillo y esperar a ver si él había vuelto con Sai o con otro de sus parientes, entonces, estaba seguro de que tanto Fugaku como Itachi habrían impedido que se fuera a buscarlo.
Menos mal que, por una vez, no había sido tan cabezota y había actuado bien. Él todavía había tenido la gran suerte de que Taka había decidido prestarle su ayuda, pero no podía saber si también se la habría dado a Sasuke; la voluntad de los dioses era un misterio, todo cuanto se sabía sobre ellos era que protegían la tierra que habitaban y que rara vez intervenían en los asuntos de los mortales. Pero de ahí a llegar a comprender el porqué de sus decisiones y acciones… había un buen trecho. Puede que Taka le hubiera ayudado porque Izumi y su hijo le necesitaban, pero a saber si hubiera hecho lo mismo por Sasuke, sobre todo si hubiera sido su decisión arriesgarse a morir en la ventisca para tratar de salvarle.
No tenía ni la más remota idea, pero estaba agradecido porque, al final, Sasuke hubiera hecho lo más sensato.
Ahora, los dos estaban bien y juntos. Era todo cuanto importaba.
Lo abrazó con más fuerza, feliz de estar en sus brazos y agradeciendo a Taka en silencio que le hubiera salvado.
Entonces, escuchó algo que no creía que fuera a oír en su vida.
Se quedó muy quieto, sin estar seguro de si habría escuchado bien. Sin embargo, al prestar más atención, se dio cuenta de que no estaba equivocado.
Sasuke estaba llorando. Sentía su cuerpo tembloroso y podía oír sus sollozos.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, una parte de él emocionada y la otra con el corazón partido en dos. Sasuke estaba llorando por él, por el miedo que probablemente habría pasado al pensar que habría muerto y también por el alivio que debía sentir al ver que estaba vivo.
Tragó saliva y lo estrechó contra sí mientras le decía con la voz rota:
—No llores, Sasuke. Si sigues así, yo también acabaré llorando —dicho esto, se le escapó una pequeña sonrisa—. ¿Y qué pasará entonces con mi reputación, eh? Todo tu reino creerá que soy un creador sensible y afeminado.
Oyó que Sasuke soltaba una carcajada antes de separarse para mirarlo. Sus mejillas aún estaban surcadas por ríos de lágrimas, pero al menos no veía dolor en sus ojos y sus labios estaban curvados en una aliviada y feliz sonrisa.
—Todo mi reino creerá que eres hijo de los mismísimos dioses cuando te vean —le dijo mientras le limpiaba los ojos. Entonces, su rostro se ensombreció ligeramente—. Creía… que te había perdido.
Entonces, Naruto tomó su rostro entre sus manos y se acercó para unir sus labios a los suyos. Sentir su suave y cálido roce provocaron que Sasuke temblara nuevamente, presa de la emoción. Había temido que el único modo de volver a besar a su rubio fuera en sueños o a partir de sus recuerdos… Sin embargo, estaba en sus brazos, sano y salvo, abrazándolo y besándolo, diciéndole sin palabras que todo estaba bien y que ya no tenía que preocuparse por nada.
Hundió una mano en su cabello mientras que la otra lo apretó un poco más contra sí, no queriendo que hubiera ni el más mínimo milímetro de separación entre sus cuerpos, y le devolvió el beso con fervor. Devoró esa dulce boca que se entregaba sin reservas a él, sin dejar un solo recoveco sin lamer o acariciar, rememorando esa calidez y ternura que le era tan familiar.
Naruto respondió a todos y cada uno de los besos, desde los primeros más desesperados hasta los últimos más suaves, donde él ya se sentía más calmado y pudo permitir que su prometido se separara de él, aunque no por ello deshicieron el abrazo, sino que el creador siguió acurrucado en su pecho, acariciando su rostro con dulzura, como si así pudiera mantenerlo tranquilo… y funcionaba bastante bien.
Reconozco que yo tampoco las tenía todas conmigo —admitió este en un susurro. Aun así, Sasuke se tensó un poco y le prestó completa atención—. Pero tuve mucha suerte.
—¿Qué pasó? —le preguntó, mirándolo como si su sola existencia fuera un milagro—. ¿Cómo pudiste sobrevivir tanto tiempo en la ventisca? ¿Cómo…? ¿Cómo pudiste conseguir agua y comida? ¡Y tu pierna! Si estabas herido, no entiendo cómo demonios lo hiciste para…
—Te lo explicaré todo —prometió Naruto, sonriendo—. Pero creo que será mejor si seguimos hablando en el castillo.
Al oír eso, Sasuke recordó que estaban en mitad de la costa, sobre fría nieve y junto al mar, desde el cual soplaban suaves ráfagas gélidas y húmedas; un escenario perfecto para que Naruto enfermera. No, después de todo lo que había pasado, no consentiría que tuviera un solo malestar que pudiera arriesgar su vida, no ahora que estaba con él y que, esta vez, podía protegerlo.
Sin pérdida de tiempo, apartó con suavidad a su rubio de su regazo para levantarse de un salto y, inmediatamente después, ayudarlo a incorporarse.
—Tienes razón. Necesitas comer, calentarte y descansar. Podemos hablar después —decir esas últimas palabras le hizo sonreír. Era de verdad, su esposo estaba a salvo y se recuperaría con buenos cuidados y mucho reposo.
Llamó a su caballo con un silbido, el cual acudió dócilmente, y lo colocó de lado a Naruto para que pudiera subir a su lomo.
—¿Podrás montar con tu pierna así? —le preguntó con un deje de preocupación. No  había manera de que Naruto pudiera andar todo el camino hasta la ciudad, y la idea de dejarlo solo allí por un par de horas para traer un carro que pudiera transportarlo le aterrorizaba; bajo ningún concepto quería perderlo de vista, tenía miedo de que le pasara algo durante ese tiempo o desapareciera… o que todo hubiese sido una broma cruel de su mente.
Por dulce fortuna, el rubio estiró los brazos sobre el lomo del animal.
—En realidad, mi pierna está curada, así que no hay riesgo de que le pase nada… Es solo que no puedo apoyarla bien todavía.
Sasuke habría preguntado mil cosas: cómo se había roto de la pierna, desde qué altura había caído, cómo era posible que la tuviera curada en tan solo dos semanas… Pero podía esperar. Su máxima prioridad era llevar a Naruto al castillo, donde estaría seguro, y que lo inspeccionara el propio Onoki para asegurarse de que estaba bien; además de procurar que estuviera cómodo y caliente, y que comiera algo. De modo que lo ayudó a subir al caballo; fue algo torpe, pero al final logró erguirse sobre la montura antes de que él mismo subiera con cierta impaciencia y espoleara el corcel para iniciar la marcha. No le dio la orden de galopar esta vez, ni siquiera de ir al trote, ya que el creador no podía apoyar el pie en las espuelas y lo último que quería era que se hiciera daño. Así que fueron al paso, mientras Sasuke pasaba un brazo por la cintura de su rubio para pegarlo a su pecho y envolverlo bien en su propia piel de oso para darle calor.
Por su parte, Naruto no rechistó y se apoyó en el fuerte torso de su prometido con un suspiro, acurrucando la cabeza en el hueco de su hombro y cerrando los ojos, disfrutando de la maravillosa sensación de estar en sus brazos y del alivio ante la seguridad de que volvían a estar juntos.
Permanecieron así todo el camino hasta la ciudad, callados e inmersos en su propia burbuja, terminando de asimilar que ambos estaban vivos y a salvo, que no tendrían que enfrentarse a una dolorosa pérdida y que, al final, todo había salido bien.
Aunque, mientras que Sasuke solo pensaba en lo que Naruto necesitaba para acabar de reponerse, los pensamientos de este tomaron un rumbo más sombrío. Por un lado, estaba Izumi; no tenía ni idea de cuánto tiempo le quedaba a ella y a su hijo, de si la enfermedad habría avanzado lo suficiente como para provocarle un aborto o si su mente ya se habría roto. Y, por otro, tenía un asunto que resolver con cierta mujer…
Naruto, hemos llegado a la ciudad —le susurró Sasuke al oído.
Abrió los párpados y se irguió un poco, pero se mantuvo recostado en su prometido, tanto porque anhelaba su contacto como porque este no tenía la menor intención de dejar que se alejara.
A medida que se adentraban en las calles ya transitadas por los aldeanos que se habían congregado para retirar la nieve de las avenidas principales, se dieron cuenta de que ya se había difundido la noticia de que el creador se había perdido en la Montaña Sagrada durante la ventisca, por lo que se habían vestido de negro en señal de luto… Sin embargo, conforme iban avanzando por el ahora despejado camino de piedra helada, se encontraron con rostros llenos de estupefacción e incredulidad.
Y, a ello, se sumió algo que Naruto no esperaba.
Llenos de un profundo respeto y admiración, hombres y mujeres se arrodillaron en el suelo e inclinaron la cabeza en una sentida reverencia. Ante ellos se encontraba la confirmación de todo aquello en lo que creían, la prueba de que los dioses eran muy reales y de que los creadores eran, ni más ni menos, hijos suyos.
Uno de ellos estaba ligado ahora a su reino. El hijo de Kurama, protegido de Taka.
Naruto no estaba muy seguro de cómo reaccionar ante esas acciones. Nunca antes había sido tratado de esa forma por tanta gente y menos de un modo tan abierto. Puede que él fuera querido por la gente del Fuego, pero había sido un afecto discreto, que había sido guardado en silencio para mantener el secreto de sus habilidades y poderes, para que la nobleza de su país no supiera de lo que era capaz.
Esto era diferente. Era la primera vez en su vida que sentía que realmente había nacido para ser rey.
Mientras tanto, Sasuke, percibiendo la emoción de su esposo, lo abrazó ligeramente por la cintura y esbozó una sonrisa orgullosa. Ahora su pueblo era plenamente consciente de que los creadores eran todo aquello en lo que siempre habían creído, en cierto modo, una prueba de que su fe tenía sentido, que no era algo vano que se desvanecía en el aire.
Su gesto de reverencia era una muestra más de absoluta aceptación. Al regresar con vida de la ventisca, Naruto había sido aceptado por completo no solo como uno más del Reino del Hielo, sino como alguien elegido por los dioses para dirigir y gobernar. Una especie de semidiós entre los mortales.
Ninguno de los dos habló durante todo el trayecto, habría sido como una falta de respeto ante la devoción que los aldeanos estaban profesando. Además, cada vez había más y más gente en las calles con esa misma postura; aparentemente, la noticia se había esparcido como la pólvora.
Y en el castillo de los Uchiha no era una excepción. En cuanto cruzaron el puente y atravesaron la primera muralla, cientos de soldados, repartidos por doquier, estaban ahí para presentar sus armas y arrodillarse ante el creador. La única a la que le costó más reaccionar fue a Korin, a la que Naruto vislumbró por esa misma razón. Ella no podía creer que el creador estuviera vivo, nadie sobrevivía a una ventisca a la intemperie, era… Era completamente imposible… A menos que…
A menos que su dios le hubiera ayudado. Ella podía equivocarse en muchas cosas; en que Sasuke podría haberla amado, en que podría haber sanado su corazón, en que jamás se ataría a una sola mujer, en que el creador no era digno de su amor…
Pero Taka no lo hacía.
Todo cuanto hacía el dios halcón era por una razón. Y Naruto Namikaze debía de ser alguien realmente relevante como para haberle brindado su protección.
Su papel en este mundo tenía que ser crucial.
La culpabilidad y la vergüenza volvieron a entremezclarse en su interior mientras bajaba la cabeza e hincaba la rodilla, haciendo una profunda reverencia. Naruto detectó dichas emociones, las había visto en sus ojos antes de que ella apartara su mirada de él, pero no alcanzó a comprenderlas del todo; podía suponer que la vergüenza se debía a que lo había subestimado, y que, teniendo en cuenta el afán religioso de la gente del Hielo, se sintiera cohibida por haber dudado de las creencias de su pueblo. Pero eso no explicaba su profunda culpa, la decepción personal que había percibido.
Sin embargo, no pudo dedicarle más tiempo, puesto que estaban atravesando la segunda muralla en dirección a la fortaleza. Allí no solo había soldados, sino también gran parte de la clase noble de la ciudad, que, al enterarse de la triste noticia de que el creador había quedado atrapado en la ventisca, y de que la princesa padecía la misma enfermedad que la anterior reina, habían marchado a primera hora al hogar de los Uchiha para presentar sus más sentidas condolencias.
Pero, al parecer, se habían precipitado en sus conclusiones, ya que ante sus propios ojos se hallaba el creador sano y salvo.
No podía ser una coincidencia. No podía ser que el único superviviente a una de las crudas ventiscas del Reino del Hielo fuera un creador, considerado como el mortal más poderoso en sus viejas leyendas, un hijo de los dioses. Eso quería decir que, tal y como decía Fugaku, fiero defensor de sus antiguas creencias y tradiciones, todas esas historias tenían que ser verdad. Más de lo que habían llegado a imaginar.
Sobrecogidos por ver demostrada su fe, y orgullosos de pertenecer a esa minoría de creyentes de la que el mundo se había burlado, se inclinaron ante el nuevo miembro de la familia real, y de su tierra, con respeto y admiración.
Sasuke, al contemplar la escena, detuvo un momento el caballo frente a las escaleras de la gran fortaleza, en gran parte conmovido por cómo su pueblo estaba reaccionando ante el milagro que suponía el que Naruto hubiera sobrevivido; pero, por otra, un poco más orgullosa, queriendo demostrar que su esposo era mucho más fuerte de lo que todo el mundo había creído, queriendo que vieran que se habían precipitado al darlo por muerto cuando él, muy en el fondo, había mantenido incluso sin quererlo una ínfima esperanza.
Unos momentos después, consciente de que su rubio necesitaba cuidados y reposo urgente (o tal vez no, pero no se quedaría tranquilo hasta que los recibiera), desmontó con un salto para después ayudar a Naruto a bajar del caballo, cuyas riendas entregó a un soldado para que se ocupara de él. Entonces, pasó uno de los brazos de su prometido por los hombros para que pudiera apoyarse en él al caminar e iniciaron el ascenso hacia el interior del castillo, donde había más nobles esperándoles para confirmar con sus propios ojos que los rumores de que el creador había regresado de entre los muertos era cierto. Y, de hecho, a medida que atravesaban el pasadizo hacia el salón del trono, se producía un absoluto silencio de asombro seguido por más reverencias.
Pero los que más esperaban y deseaban su regreso se encontraban en la amplia estancia perteneciente al rey, donde este y su heredero aguardaban, de pie, con los nervios en punta, a que las habladurías se hicieran realidad. Y cuando eso ocurrió, Itachi, haciendo el menor caso a los protocolos sociales, prácticamente corrió a abrazar a su hermano y su cuñado seguido de Fugaku, que dejó escapar un suspiro de alivio antes de murmurar un agradecimiento a Taka antes de reunirse con ellos.
El mayor de los hermanos Uchiha se apartó para ver bien a Naruto, aunque con cierta incredulidad.
—Realmente estás vivo.
El rubio esbozó una media sonrisa.
—Bueno, esto no parece el Más Allá, al menos.
Itachi, por primera vez en dos semanas, sonrió de verdad.
—No sabes la alegría que nos has dado —dicho esto, su rostro se ensombreció—. Una buena noticia, al menos.
Al escuchar eso, Naruto se inquietó, adivinando rápidamente por qué lo decía.
—¿Cómo se encuentra Izumi? ¿Y el bebé?
—Se debilita rápidamente —respondió Fugaku, que ya se había reunido con el grupo—. Ya no retiene la comida y la fiebre no deja de subir, a duras penas logra mantenerse consciente —dicho esto, intercambió una mirada intensa y significativa con Naruto, dedicándole una inclinación con la cabeza.
El rubio se la devolvió, sabiendo lo que Fugaku pensaba de los creadores y también que le estaba dando a entender que esperaba que sobreviviera a la ventisca, así como le alegraba su regreso. Pero no intercambiaron más palabras sobre el tema, no eran necesarias y, además, Izumi era su prioridad.
—¿El bebé? —preguntó Naruto con un nudo en la boca del estómago. Ese niño era muy importante para él; no solo formaba parte de su ahora familia política, sino que era otro creador, el segundo que nacía en más de mil años.
—Aún vive —respondió Itachi con la voz temblorosa.
Naruto sintió un atisbo de alivio a la vez que la esperanza crecía en él.
—¿No hay síntomas de desorientación, ni pérdidas de memoria?
—No —respondió Fugaku con seguridad—. Empeora rápidamente, probablemente porque el embarazo lo hace todo más difícil, pero su mente sigue intacta.
—Entonces aún estamos a tiempo de salvarla —afirmó el rubio, rebuscando algo bajo su piel de oso.
Sin embargo, Sasuke palideció al escuchar sus palabras e intuir sus intenciones.
—¿Qué? No puedes volver a la Montaña Sagrada, Naruto. Estás herido y no… —su voz se apagó al ver lo que su esposo tenía en la mano.
Raíces de Piedra.
Los tres Uchiha se quedaron mudos, incapaces de asimilar el milagro que tenían ante sus ojos.
No solo Naruto había regresado con vida, sino que había traído la clave para salvar a Izumi. Dos milagros en un día.
—¿Pero…? ¿Cómo…? —balbuceó Itachi.
—Las encontré antes de que empezara la ventisca y logré mantenerlas conmigo todo este tiempo. Con esto podremos… —No pudo seguir hablando porque Itachi se lanzó sobre él para darle uno de los abrazos más fuertes que le habían dado en su vida.
—Gracias —susurró este con un tono de voz que le recordaba a un sollozo—. Pase lo que pase, gracias, hermano.
Naruto tragó saliva, emocionado al darse cuenta de que su cuñado lo veía como algo más cercano que el esposo de su hermano, y le devolvió el gesto con fuerza, queriendo que supiera que para él era importante que lo considerara un miembro más de su familia. Durante muchos años, solo habían sido su abuela y él, solo ellos dos entre un mar de enemigos que pretendían destruir lo que durante dos generaciones habían comenzado. De algún modo, le consoló saber que, aunque no compartieran vínculos de sangre, tenía otra familia en quien apoyarse.
A pesar de eso, procuró que el abrazo no durara mucho. Quería encargarse de Izumi cuanto antes.
—Vamos, cuanto antes la tratemos, mejor —apremió.
Los tres asintieron y Fugaku se encaró a la multitud que había vuelto a ponerse en pie y contemplaba al creador con gran expectación.
—Queridos hermanos, tras una cruenta tempestad, habéis venido directamente aquí para darnos el pésame por la pérdida del heredero del Reino del Fuego, el futuro esposo de mi hijo menor. No podríamos estar más agradecidos por vuestra presencia y apoyo en un momento tan duro —comenzó, haciendo que algunos asintieran o se llevaran la mano al pecho, como diciendo que era su deber, y uno del que se sentían orgullosos—. Pero hoy ha amanecido con un milagro —continuó el rey en un tono más alto—, pues Taka lo encontró en mitad del viento y la nieve, lo acogió bajo sus alas, fue bendecido con su protección y ahora lo ha traído sano y salvo con nosotros —y tras esas palabras, levantó el puño—. ¡Por Taka y el hijo de Kurama!
Toda la nobleza repitió su aclamación a voz en grito una y otra vez, alzando los puños con ganas y una increíble sensación de plenitud. Porque su identidad como pueblo, las creencias y tradiciones espirituales que formaban parte de ellos, se había reafirmado con aquel milagro.
Y, entre los vítores…
—¡NOOOOO!
Aquel agudo grito lleno de rabia y frustración provocó que la multitud callara en seco.
Fugaku, Itachi y Sasuke buscaron el origen algo desorientados y confundidos entre las personas de un sector cercano a las puertas del salón del trono, las cuales se estaban haciendo a un lado, pero el rostro de Naruto tan solo cambió a uno de total seriedad y con un ligero ceño fruncido; ya sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir y empezó a prepararse mentalmente para la confrontación.
Sakura Haruno apareció entre el gentío. A diferencia del resto, seguía vistiendo la túnica de color rojo sangre para mostrar su deshonra y no llevaba ningún brazalete ni ningún tipo de vestimenta que fuera negra para el supuesto luto del creador. Todo su cuerpo temblaba, no era seguro de si era por pura rabia o por miedo, ya que su expresión pálida era una mezcla de ambas.
Porque era imposible. No había forma humana de que ese maldito mocoso pudiera haber sobrevivido a semejante caída, por eso había corrido tantos riesgos; había pasado los días que trabajaba en la fortaleza como médico vigilando con sigilo a Sasuke y al creador, esperando una oportunidad de dejarlo fuera del mapa de forma definitiva. Cuando se marcharon hacia la Montaña Sagrada, vio una oportunidad y los siguió, procurando mantenerse a una distancia prudente de los soldados y, después, evitando a Korin y su grupo entrando por otro camino al supuesto hogar de su dios. Eso le había costado perder de vista a Sasuke y al creador, pero, al final, había hallado su rastro y, con él, su recompensa, pues ese bastardo estaba solo y distraído al borde de un precipicio.
No lo había dudado. Nadie podía seguir con vida tras esa caída y tampoco habría nadie que pudiera corroborar que ella había tenido algo que ver. Habría culminado su venganza acabando con la vida de ese pequeño cabrón por seducir al amor de su vida y contra Sasuke por haberla rechazado y traicionado. Por eso estaba en el castillo ese día, quería ver a ese hombre retorciéndose de dolor, que viera lo que se sentía cuando te arrebataban lo que más querías.
Sin embargo, ahí estaba, vivito y coleando. De ahí su rabia. Y su miedo, porque esa cosa no podía ser humana. No había otra explicación racional para que estuviera allí.
Ciega de ira y asustada por lo que implicaba su presencia, lo señaló con un dedo.
—¡Es imposible! ¡Nadie ha sobrevivido nunca a una ventisca! ¡Nadie! —chilló, lanzándole una mirada llena de odio y desprecio—. ¡No eres humano! ¡Eres un monstruo!
—¡SAKURA! —tronó Sasuke, envolviendo los dedos alrededor de la empuñadura de Chidori—. ¡Mantente al margen de todo lo que tenga que ver con mi esposo o te juro que no respondo de mis actos! —la amenazó, sintiendo su sangre arder. Había pasado las semanas más estresantes, desesperadas y dolorosas de su vida, de modo que no estaba precisamente de humor para tolerar ninguna gilipollez celosa; el haber encontrado a Naruto sano y salvo lo había aliviado en gran medida, pero eso no quería decir que pudiera tolerar el más mínimo grado de nocividad hacia su Naruto. Y menos si venía de ella.
Sin embargo, ella se negó a rendirse. Quería librarse del creador como fuera.
—¡No! ¡Estoy harta de que todo el mundo lo vea como una especie de deidad cuando en realidad no es más que un mentiroso manipulador! ¡Él te está cambiando, está haciendo que olvides quién eres y a tu pueblo! ¡Nos abandonarás por él!
Sasuke avanzó un paso, irguiéndose en toda su estatura con la mandíbula apretada.
—Ya abandoné antes a mi pueblo. Fui irresponsable y egoísta entonces, solo pensaba en mí mismo. Ahora estoy intentando hacer las cosas bien, y una de ellas es estar con Naruto. —Hizo una pausa, asesinándola con la mirada. Ella no era nadie para recriminarle a él o a Naruto, ¡nadie! El hecho de que ni siquiera hubiera recordado que él se había hecho a la mar más de tres años atrás demostraba que apenas lo conocía y que solo veía lo que quería ver, a través de un filtro de encaprichamiento hacia él y de celos por Naruto. Y si tenía el valor de lanzarle insultos después de lo que hizo, también los tenía para recibirlos—. Que tú seas una zorra celosa no quiere decir que yo esté ciego por culpa de nadie. Esa eres tú.
La multitud dejó escapar un murmullo de sorpresa por la respuesta, haciendo que Sakura se sintiera aún más humillada y furiosa. Creyendo ciegamente en que toda la culpa era del creador, se giró hacia él, que se encontraba detrás de Sasuke, mirándola fijamente, como si la estuviera calibrando.
—Espero que estés satisfecho. Mira en lo que has convertido al príncipe del Hielo, monstruo.
Sasuke estuvo a punto de soltar una mordaz y vulgar réplica pero, para su sorpresa, Naruto se adelantó cojeando para hacerle frente a la mujer.
—¿Quieres que hablemos de monstruos? Bien. ¿Por qué no empezamos por ti?
Tanto Sasuke como Fugaku e Itachi fruncieron el ceño. El rubio no podía estar hablando de cuando se adentró en los dominios de Kurama, todo el mundo ya conocía la historia de cómo su amor no correspondido la había llevado a profanar la tierra sagrada de sus aliados para impedir una alianza política que habría beneficiado a su reino, lo cual, aunque resultaba vergonzoso para su país y una deshonra para su familia, no se acercaba a la idea que tenían de un monstruo, sino más bien a la imagen de una mujer que se había quedado atascada en edad sentimental de una adolescente demasiado caprichosa.
Un mal presentimiento se instaló en Sasuke, que sacó a Chidori de su vaina unos pocos centímetros.
Mientras tanto, Sakura, ahogada por sus tóxicas emociones, no era capaz de ver que su fin había llegado.
—¿De qué estás hablando? Yo soy humana.
Naruto ladeó la cabeza, muy tranquilo.
—No pongo en duda tu naturaleza, sino tus actos —dicho esto, su rostro se crispó por la furia—. Porque, hasta donde tengo entendido, un intento de asesinato es algo muy propio de un monstruo.
Una oleada de exclamaciones alarmadas se extendió entre la multitud, acordes con la sorpresa de los tres Uchiha: Itachi miró a Sakura y luego a Naruto, tratando de entender lo que había sucedido; Fugaku, tras la sorpresa inicial, clavó sus severos ojos en ella, siendo consciente de que no saldría viva de aquella sala, y Sasuke, en cambio, permaneció muy quieto y callado, aunque sus rasgos parecían endurecerse por segundos.
Sakura, por otro lado, se encogió, pero antes de que pudiera negarlo, Fugaku rugió:
—¡¿Qué hiciste?!
Abrió la boca para tratar de rebatir la acusación, sin embargo, Naruto fue más rápido y estaba mucho más mentalizado que ella para ese momento.
—Entró en la Montaña Sagrada y me arrojó por un precipicio.
—¡¿QUÉEE?!
La mujer se sobresaltó ante el estallido de voz de Sasuke, quien desenvainó por completo a Chidori, la cual silbó con tal fuerza que el sonido de su filo rozando el metal encuerado restalló en la estancia como el chillido de una extraña bestia enfurecida. El príncipe no se lo pensó dos veces, se desprendió de la piel de oso para moverse con más facilidad antes de echar a correr hacia esa insignificante mujer.
Él solo había querido pasar una última noche con una mujer antes de verse atado a un creador para siempre, una última noche para disfrutar del buen sexo. Ahora no hacía más que arrepentirse de esa maldita velada, de haber aceptado llevar a Sakura a sus aposentos y haberle dado esperanzas pero, a decir verdad, ni siquiera había sabido que ella tuviera sentimientos por él desde hacía tanto tiempo. Aun así, tampoco se engañaba a sí mismo; no era la primera que había querido que pasara más tiempo con ella, pero en aquel instante ni siquiera le dedicó el más mínimo pensamiento, había creído que no importaría ya que él iba a marcharse de todos modos y que ella acabaría enterándose de su matrimonio y que lo olvidaría, al fin y al cabo, ninguna lo había perseguido antes y no tenía motivos para creer que Sakura lo haría puesto que solo habían pasado juntos una noche.
Sin embargo, eso había provocado que hubiera estado a punto de perder a Naruto para siempre. De nuevo, sus relaciones amorosas pasadas, las cuales nunca habían significado nada para él, regresaban para interponerse entre el verdadero amor de su vida y él.
Nunca más.
Ninguna de ellas volvería a hacer daño a Naruto. E iba a empezar por Sakura.
Esta, por un instante, se quedó petrificada, sin creerse que fuera a matarla pero, al ver el peligro inminente, dio media vuelta y trató de huir… Por desgracia para ella, los nobles del Reino del Hielo, que evidentemente conocían su transgresión en el Reino del Fuego y el motivo que la indujo a hacerlo (por lo que creyeron a Naruto sin pensárselo dos veces), se negaron a permitir que huyera de su castigo y la agarraron antes de lanzarla al suelo, entregándosela a Sasuke.
Ella gritó de puro terror cuando, a cuatro pasos de ella, lo vio alzar la espada…
—¡Sasuke!
El furioso príncipe se detuvo al escuchar la voz firme de Naruto, quien tenía clavados sus severos ojos en él.
—No lo hagas —le pidió.
—¿Qué? —preguntó este.
—Las cosas no pueden hacerse así —le explicó su prometido con calma—. Debe ser juzgada.
—Tiene razón —convino Fugaku, avanzando unos pasos mientras fulminaba a Sakura con su negra mirada—. Y el juicio se celebrará aquí y ahora…
—Majestad —lo interrumpió Naruto sin cambiar su expresión ni su tono de voz—, lamento contrariarle, pero tampoco está en sus manos decidir su destino.
Tanto los Uchiha como la nobleza frunció el ceño o cuchicheó palabras de sorpresa, extrañada y confusa por la situación. Sakura, por otro lado, apretó los puños con rabia y, creyéndose a salvo de Sasuke y del rey por el momento, se levantó de un salto y caminó con altanería hacia el creador. El joven príncipe, al ver su actitud agresiva, hizo amago de volver a atacarla, pero Naruto le hizo un gesto con la mano para que se detuviera e inclinó un poco la cabeza, como diciéndole que todo estaba bien y que confiara en él.
Y Sasuke lo hizo. Permaneció atento y siguió a Sakura de cerca por si acaso, pero bajó a Chidori. A esas alturas, y tras haber sobrevivido a dos semanas a una ventisca, creía plenamente en el criterio y la fuerza de su esposo; de modo que decidió esperar a ver qué tenía pensado.
Mientras tanto, Sakura, que seguía avanzando hacia el creador, le gritaba:
—¡¿Y quién va a hacerlo?! ¡¿Tú?! ¡Lo sabía! ¡Sabía que habías estado manipulando a Sasuke! ¡Sabía que fue cosa tuya dejarme estéril y que querías librarte de mí desde que supiste lo mío con él! —Hizo una pausa muy breve en la que lo asesinó con la mirada. Ya le faltaban pocos metros para llegar hasta él—. Y ahora, ¡quieres matarme tú mismo!
Naruto tan solo la observó con calma, pues sabía que no llegaría a tocarlo.
—Te equivocas, yo no soy nadie en este reino para juzgarte.
Esas palabras hicieron que la mujer ralentizara la marcha y que arrugara el entrecejo.
—¿Qué?
El creador alzó un brazo con firmeza, con el puño cerrado, y continuó:
—Quien va a hacerlo, está por encima de todos nosotros.
Antes de que Sakura, o alguno de los Uchiha, o cualquiera de los presentes pudiera pensar en a quién se refería, un graznido resonó en toda la habitación, haciendo que todo el mundo alzara la vista hacia el alto techo, el cual fue surcado con rapidez por una sombra blanca que cruzó justo por delante de Sakura, obligándola a detenerse por completo, antes de hacer un grácil giro en el aire y posarse sobre el brazo del creador.
Taka en persona estaba allí.
Al ser conscientes de su presencia, todo el mundo se arrodilló e inclinó la cabeza, Fugaku incluido, aunque mantuvo la cabeza un poco alta para observar lo que sucedía. A otros, como Itachi y Sasuke, les costó más reaccionar pero, finalmente, realizaron la misma acción y, como su padre, tras hacer la reverencia, alzaron sus ojos para contemplar el veredicto del dios.
Por otra parte, Sakura se quedó pálida y totalmente inmóvil. Pero eso no detuvo a Naruto, que habló en nombre del halcón.
—Ya deberías saberlo, Sakura. Cuando rompes las leyes divinas, son los dioses los que castigan. Kurama fue clemente contigo porque yo se lo pedí, pero has vuelto a cometer el mismo error en el hogar sagrado de tu propio dios y deshonrado su tierra atentando contra una vida. Por tanto, él decidirá ahora tu suerte —sentenció.
Los ojos dorados de la criatura se clavaron en Sakura, la cual era incapaz de moverse. Podía sentir esa mirada llena de inteligencia en lo más profundo de su ser, como si pudiera ver su alma y examinar todos y cada uno de sus pensamientos. Y, por primera vez en su vida, sintió que los dioses eran muy reales.
Y había cometido el error de cabrear a uno. Porque, de repente, el halcón erizó las plumas e hinchó el pecho al mismo tiempo que graznaba y agitaba sus alas con violencia.
Sakura sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo, intuyendo que su final había llegado. La confirmación de sus sospechas no tardó en llegar, ya que se escuchó un nuevo graznido en la estancia; de repente, en las ventanas, que parecían haberse abierto solas, aparecieron unos pocos halcones de plumas oscuras, se parecían mucho a aquellos que vio Naruto en el patio de la fortaleza la otra vez, los mismos que le devolvieron la daga que él mismo le había ofrecido a Taka.
Entonces, unos pocos más aterrizaron junto a sus compañeros, sacudiendo las plumas antes de dejar las alas replegadas. Más aleteos y graznidos anunciaron la llegada del resto de aves hasta que no hubo un solo hueco en las ventanas.
Todos sus ojos estaban puestos en Sakura.
Ella no podía moverse. Se sentía muy intimidada por la presencia de las aves, que, de pronto, le parecían demasiado inteligentes como para ser simples animales. Tragó saliva, sintiéndose muy sola y asustada. No sabía qué hacer, ni siquiera estaba segura de que hubiera nada que pudiera hacer para salvar su vida esta vez…
—Por favor… —murmuró, presa del miedo, mirando al halcón blanco mientras movía la cabeza de un lado a otro con los ojos anegados de lágrimas, sabiendo que era su fin—. Por favor…
Los ojos del ave la taladraron sin el más mínimo asomo de piedad.
Tuviste tu oportunidad de cambiar —le dijo únicamente en su mente.
Dicho esto, alzó el vuelo con fuerza y, antes de que Sakura pudiera reaccionar, se abalanzó sobre ella con tal fuerza que la tiró al suelo. Ella gritó a causa del golpe, que había impacto en su cabeza, dejándola algo aturdida y con un intenso escozor en la zona del ojo derecho. Cuando se lo tocó y miró su mano, se dio cuenta de que el halcón le había hecho un feo arañazo en la piel sensible que había bajo este.
Era una declaración de intenciones. Y el castigo no se hizo esperar.
Los halcones bajaron en picado a por ella. De repente, Sakura se vio acosadas por el ataque de decenas de ellos, que le picotearon la cabeza, le tiraron del pelo y la zarpearon allá donde pudieron. Esta gritó y se cubrió la cabeza con los brazos, agitándolos de vez en cuando en un intento de alejar a las aves, pero fue en vano; eran demasiadas y muchas de ellas, al ver que no podían llegar a su cabeza o al rostro, fueron a por su torso, piernas y a cualquier pedazo de carne al que pudieran acceder.
Sakura, al final, entre alaridos de dolor, desesperación y miedo, se puso en pie como pudo y huyó por la puerta principal, buscando algún modo de huir de su destino. Nadie se lo impidió; todos los nobles se hicieron a un lado cuando ella pasó corriendo junto a ellos, siendo perseguida incansablemente por los halcones que no cesaban en su intento de hacerle el mayor daño posible con sus zarpas y su pico.
Mientras tanto, el halcón blanco voló de regreso al brazo de Naruto, quien inclinó la cabeza a modo de reverencia. El ave, con el mismo respeto, se la devolvió, como si así hubieran saldado alguna especie de deuda, y después se marchó volando tras Sakura para acabar su castigo.
Solo entonces, Sasuke, junto a su padre y hermano, se acercaron cautelosamente al creador, mirando siempre de reojo las puertas por las que había desaparecido la mujer.
—Entonces, ¿está hecho? —preguntó Fugaku con suavidad.
Naruto asintió.
—Sí. Taka se hará cargo de ella.
—¿Sobrevivirá? —inquirió Itachi, pese a sospechar la respuesta.
El rubio entrecerró los ojos.
—No. Nadie escapa del castigo de los dioses.
Y, aunque tardarían muchos meses en tener pruebas, Naruto demostraría tener razón.
Sakura lograría huir a duras penas de la fortaleza de los Uchiha a lomos de su caballo y salir de la ciudad, pero moriría mucho antes de descubrir su verdadero final. No importó que tuviera una rápida montura, pues no existía animal más veloz en el mundo que los halcones, los cuales caían desde metros y metros de altura para golpear a la traidora en las costillas o la espalda, arañar sus brazos, con los que trataba de cubrirse la cabeza, o picotearle los dedos. Ella trató de luchar sacando un cuchillo, pero los halcones se lo arrebataron con suma facilidad; después, volvió a su anterior técnica de agitar los brazos con la esperanza de hacer daño suficiente a uno de ellos como para que la dejaran tranquila, pero, en vez de eso, sus brazos y sus manos acabaron tan ensangrentados que parecía que alguien la hubiera estado torturando a base de corte la piel, y, finalmente, cuando sus extremidades no pudieron soportar más ataques, se encogió sobre su montura para proteger tanto estas como su rostro, aunque solo consiguió que las aves fueran esta vez con más saña a por su espalda y a tironearle del pelo, a pesar de sus súplicas, llantos y gritos de miedo y desesperación.
Tan asustada y perdida estaba en esa situación que no se dio cuenta de que, en todo momento, Taka y sus halcones estaban guiando a su caballo a base de suaves golpes en los flancos y trazando arcos por sus costados para llevarla en dirección a la sierra de montañas que se alzaban junto al hogar del dios. Sin embargo, al verlas, Sakura creyó estar viendo su salvación y no su irónica muerte, de modo que espoleó su corcel para llegar tan rápido como fuera posible a las minas de las cuales los habitantes del Reino del Hielo extraían sus piedras preciosas, pensando que tenía que haber algún lugar donde pudiera refugiarse de los halcones. Solo entonces, estos la dejaron un poco más libre, dejando que fuera directa al encuentro con su propio fin.
Sakura pensó que estaba salvada. Creyó que las aves habrían visto sus intenciones y que se retiraban, poco dispuestas a penetrar en las peligrosas cuevas… pero, nada más adentrarse lo suficiente en una de las montañas, Taka se abalanzó con toda su fuerza sobre ella, golpeándola en la cabeza y tirándola del caballo.
Y, de nuevo, los halcones volvieron para atacar ferozmente y sin piedad. Sakura creyó que ahora habían más, pues no había parte de su cuerpo que quedó sin arañar o picotear, y, además, el despliegue de alas que había a su alrededor le impedía ver nada. Aturdida y ciega, se incorporó otra vez como buenamente pudo y trató de correr a la vez que agitaba los brazos en todas direcciones, recibiendo más cortes en el rostro en esta ocasión al no poder protegerse como antes.
Estuvo en esa situación durante lo que a ella le pareció una eternidad, chillando su frustración y desesperanza, viéndose totalmente incapaz de avanzar o de escapar de su inminente castigo. Pero, en ese instante, los halcones dejaron un hueco a la vista. Y Sakura corrió hacia él con el corazón acelerado, sabiendo que era su única oportunidad de huir, esta vez sin molestarse en protegerse, dejando que los halcones zarpearan sus mejillas y le cortaran los labios.
Logró cruzar al otro lado. Pero solo para descubrir que había un precipicio.
Inevitablemente, cayó al vacío con un grito de terror en los labios, observando con ojos llorosos cómo las paredes rocosas se cernían sobre ella más y más, cerniéndola en una oscuridad que se prolongaría por toda la eternidad, siendo, curiosamente, la gélida mirada dorada de Taka lo último que vio antes de que se estrellara contra un suelo rocoso que destrozó su cuerpo en el acto.
Sakura había intentado asesinar al hijo de Kurama arrojándolo al vacío. Era justo que su muerte fuera la misma que había planeado para el creador.
Meses más tarde, unos mineros, que regresaban al trabajo tras el invierno, hallarían su cadáver congelado en un estado deplorable; un cuerpo retorcido por la espalda rota en tres lugares diferentes, las piernas en una postura inhumana, los brazos hechos trizas por las garras de los emisarios de Taka, y la cabeza colgando precariamente de un lado por el cuello roto, cuyo rostro, todavía con los ojos abiertos, todavía parecía denotar el terror de saber que su muerte era inevitable.
Lo que quedaba de ella fue entregado a su familia, la cual, tras la deshonra que le había procurado su anterior heredera y estar presente el día en el que fue castigada, no quiso hacer gran cosa, en parte temerosa por si Taka consideraba que no era digna de tener un entierro propio de una dama de la nobleza y en parte avergonzada por cómo había acabado por culpa de un amor imposible. De modo que la enterraron a las afueras de sus terrenos, en una caja sin nombre a metros y metros de profundidad.
Y así, Sakura Haruno quedó relegada en la oscuridad para siempre.


Naruto dejó escapar un gemido de puro gozo cuando, por primera vez en semanas, pudo meterse en una bañera de agua caliente.
Una vez Taka se había hecho cargo del castigo de Haruno, Naruto había pedido ir de inmediato con Izumi para poder ayudarla. Pese a que Sasuke no había dicho nada, había visto en sus ojos su inquietud, el pobre seguía estando preocupado por su estado de salud y sabía que no se quedaría tranquilo hasta que fuera examinado por un médico. Por eso, le había prometido que, una vez hubiera acabado con la futura reina, se sometería a todas las pruebas médicas y cuidados que él considerara necesarios sin rechistar, aunque solo fuera para mantenerlo tranquilo.
Sasuke aceptó su propuesta y le ayudó durante todo el camino, permaneciendo en todo momento cerca de él, vigilando sus movimientos e incluso lo llevó en brazos por las escaleras cuando su pierna herida no pudo soportar tantos escalones seguidos. Así, siendo consciente de su estado y del cansancio acumulado tras tantos días durmiendo más o menos a la intemperie en un clima tan frío (pese a que había estado bastante protegido) y haberse alimentado únicamente de conejos, entregó las Raíces de Piedra a Onoki para que pudiera hacer la cura para Izumi y él se limitó a reunir todo el poder que había obtenido del sol no mucho antes para volver a crear una protección alrededor de su hijo, dándole un extra de energía por no haber recibido comida de su madre en los últimos días.
Sin embargo, eso provocó que desfalleciera, agotado. Por suerte, Sasuke estaba atento y reaccionó antes de que pudiera caer al suelo. Puesto que ya no había nada más que pudiera hacer por la familia Uchiha, permitió que su marido lo cogiera en brazos y lo llevara a sus aposentos, donde había descubierto que, en algún momento, había pedido que le prepararan un baño.
Y ahora, aunque en su momento le pareció imposible, estaba recostado en la bañera, dejando que el calor lo reconfortara.
—¿Eso quiere decir que estás bien?
Naruto alzó los ojos, encontrándose con su esposo. Le había dejado un momento para traerle una muda de ropa limpia.
Él le sonrió.
—No he podido bañarme antes. Me sentía sucio y la verdad es que esto sienta de maravilla.
Sasuke le devolvió la sonrisa y se sentó a su lado en el suelo para acariciarle el rostro mientras lo observaba. Naruto no pudo evitar apoyarse en su mano, había echado de menos el tacto de sus dedos.
—Estás más delgado —comentó el Uchiha de pronto.
El rubio esbozó una media sonrisa.
—Bueno, una dieta a base de conejos no es muy sana, pero es mejor que nada.
Los ojos de Sasuke brillaron.
—Así que comías conejos.
—Digamos que no había mucho donde escoger.
El hombre cogió su rostro entre sus manos, mirándolo fijamente. Naruto pudo ver en ellos muchas emociones mezcladas, tanto alegría como dolor, alivio como inquietud… y culpa. Mucha culpa.
Intuyendo hacia dónde iban sus pensamientos, se incorporó hasta sentarse en la bañera y unió su frente a la suya a la vez que lo acariciaba con ternura.
—Nada de lo que me haya pasado ha sido por ti.
—Si no hubiéramos discutido, no te habrías separado de mí —dijo él, cerrando los ojos con rabia—. Sé que Sakura jamás se habría atrevido a ponerte la mano encima si me hubiera visto contigo.
—En primer lugar, fue ella la que me empujó, tú no tuviste nada que ver en eso. Y, en segundo, yo tampoco tendría que haber dejado que me afectara tu pasado con otras mujeres.
—Mujeres que te han hecho daño.
Naruto dejó escapar un largo suspiro. Sasuke se preocupaba demasiado, y por cosas que no debería. Podía ver que lo había pasado claramente mal durante esas semanas y lo último que quería era que estuviera martirizándose por algo en lo que él no tenía ningún tipo de control.
—Sasuke… Estoy cansado y no tengo ganas de discutir, así que te lo voy a decir una única vez —le dijo, mirándole seriamente a los ojos—. Todo el mundo toma sus propias decisiones. Tú decidiste acostarte con varias mujeres, no estabas comprometido, así que tenías la libertad de estar con quien quisieras. Pero después son ellas quienes escogen qué hacer contigo, con los sentimientos o no que les provocas. Karin es ambiciosa y juega sucio para tener lo que quiere, Korin solamente esperaba que te casaras con alguien a quien ella considerara digno de ti, y Sakura no supo controlar su obsesión, ni por ti, ni por mí. Todas las consecuencias se desencadenan porque todos tomamos decisiones, por tanto, uno sola persona no puede tener la culpa de que alguien haya actuado de una forma u otra —dicho esto, separó un poco la cabeza con un suspiro cansado—. Sakura y yo estábamos a solas. Ella podría haberse detenido, pero escogió no hacerlo —y, tras decir estas palabras, le dedicó una mirada cálida y sonrió—. Y si quieres hacerte el mártir, yo también puedo acarrear con algo de culpa. Me sentí inferior a tus amantes cuando ya me habías demostrado lo mucho que me quieres.
Sasuke tragó saliva, presa de la emoción: Naruto no estaba enfadado con él por lo de Korin, ni por Sakura, ni por ninguna de las locas que iban tras él por alguna extraña e incomprensible razón… y sabía que lo amaba. Conocía sus sentimientos y no estaba huyendo de él. Antes le había dicho que le quería.
Incapaz de contenerse, lo abrazó con fuerza, importándole muy poco si se le mojaba la ropa o lo que fuera. Todo estaba bien ahora. Todo iría bien a partir de entonces.
Naruto le devolvió el gesto con cariño y lo besó en el cuello.
—Estamos vivos y juntos, Sasuke. Es lo único que importa ahora, ¿vale?
Él sonrió y asintió.
—Vale.
Ambos se quedaron un rato más abrazados, dejando que cualquier resquicio de culpa, miedo y duda se desvaneciera del todo, acariciándose y dándose besos castos en la cabeza o las mejillas. Sin embargo, tuvieron que separarse cuando Sasuke escuchó bostezar a Naruto, sin duda alguna cansado después de un día de tantas emociones y unas semanas agotadoras perdido en la ventisca. De modo que lo ayudó a limpiarse de arriba abajo, comprobando de paso que no tuviera ninguna herida, sintiéndose mucho mejor al ver que parecía estar perfectamente. Tras ver que se encontraba bien, optó por dejar que Onoki lo examinara mañana y llevarlo directamente a la cama.
Se le escapó una tierna sonrisa cuando lo recostó bajo las mantas y lo vio hacerse un ovillo con un suave suspiro. A saber las cosas por las que habría pasado para sobrevivir a la ventisca; la verdad era que despertaba su curiosidad, pero podía esperar a mañana.
Sin perder el tiempo, se cambió de ropa por una camisa y pantalones cómodos y buscó a su esposo entre las sábanas, pegándose a su espalda y rodeándolo amorosamente con los brazos. Por fin se sentía completo. Dormir con la ansiedad de no saber qué le había ocurrido a su rubio no le había permitido descansar bien y, de hecho, empezó a sentir su cuerpo como una pesada losa, sin embargo, estaba en paz, pues todas las cargas que había estado llevando sobre sus hombros se habían ido.
Sospechando que se dormiría pronto, se apretó alrededor de Naruto, acomodándose junto a él, y cerró los ojos.
—Descansa, Naruto. Te amo.
Sintió su mano sobre la suya, entrelazando sus dedos.
—Y yo a ti, Sasuke.
Él sonrió y lo besó en la cabeza antes de caer profundamente dormido.