martes, 19 de febrero de 2019

Los Cachorros de Sasuke


Mi Train

—Se siente muy bien, Sasuke —murmuró Naruto con los ojos cerrados.
Él le sonrió con cariño mientras le hacía un masaje en las piernas. Habían pasado la noche durmiendo con los cachorros salvo Menma, que había dormido con Yui en el sofá cama para tener un oído alerta, así como Kurama, que había pasado la noche en el pasillo, en un nido de mantas que se había hecho para estar más cómodo. Ahora, tras una noche de lluvia, el domingo había amanecido soleado, los gemelos Saki y Miko estaban haciendo el desayuno, y Sasuke le había pedido a Menma que llevara a un agotado Arashi por el Cambio a la cama para que siguiera durmiendo, igual que había hecho con Kurama y Narumi, los cuales necesitaban descansar porque estaban más heridos que los demás.
—Sabes que puedes pedírmelo cuando quieras, Naruto.
Este bajó la voz lo suficiente como para que los finos oídos de sus hijos no pudieran oírle.
—Los dos trabajamos y tenemos siete adolescentes a nuestro cargo. No quiero echarte más peso encima.
Sasuke frunció el ceño al oír eso y, de un movimiento rápido, ya estaba sobre su rubio, mirándolo fijamente.
—Te quiero. Lo eres todo para mí. Tú nunca eres un peso.
Naruto sonrió y lo besó en los labios.
—Y yo a ti, pero sé realista. Solo hacer la colada es una pesadilla.
—Y por eso delego más responsabilidades a la Junta de los hoteles y tengo un gestor para el camping, para poder ejercer de amo de casa y pasar tiempo comiéndote entero cuando los niños están en el instituto. —Le dio un beso húmedo en los labios antes de dedicarle un gruñido suave—. Me gusta la vida que llevo contigo. Es tranquila y maravillosa, no la cambiaría por nada —y dicho esto, volvió a besarlo más profundamente, dejando que su dulce compañero lo abrazara y le devolviera el beso con esa ternura que lo había conquistado…
Hasta que sonó el timbre.
Un gruñido irritado salió de sus labios.
—Una vida tranquila que están interrumpiendo —masculló, intuyendo quién era.
Naruto, que también sospechaba quién venía a verlos, le frotó los hombros.
—Sasuke…
—No, Naruto. Te atacaron con intención de matarte y también a nuestros hijos, no permitiré que haya nada aquí que pueda haceros daño.
El rubio abrió la boca para decir algo, pero la cerró, incapaz de argumentar nada a favor de los linces. Por un lado, se sentía culpable por ser la causa de que su relación con la manada de Sven ya no volvería a ser la misma, porque él comprendía cómo se sentían esos chicos, eran demasiado jóvenes para ver el mundo como lo hacían los adultos y entender que no todo era blanco y negro, por no decir que a esa edad las emociones se desbordaban y tendían a tener esas reacciones tan extremas.
Lo entendía porque Kurama había sido así en su fase más rebelde. Nunca había llegado al punto de tratar de matar a nadie, pero sí había hecho daño a otros creyendo que llevaba la razón en descargar su furia contra alguien sin pensar en las consecuencias de sus actos o cómo afectaría a su familia.
Pero, por otro lado, no es como si él también pudiera perdonárselo todo a los linces. Sus hijos también habían resultado heridos y podrían haber muerto para protegerlo. Por muy mal que se sintiera por Sven y algunos linces con los que había trabado amistad, debía admitir que tampoco estaba del todo tranquilo con aquellos jóvenes allí.
En ese momento, apareció Menma con el semblante serio.
—Es el hombre pantera que estaba ayer con los linces. Dice que quiere hablar con vosotros.
Sasuke gruñó un poco. Había creído que sería Sven quien iría a tratar de convencerlo para que permitiera que su manada se quedara allí, por lo que no le habría resultado difícil echarle…
Pero Kurogane era harina de otro costal.
Joder, se avecinaba una discusión de la hostia.
—Déjale entrar.
Menma alzó una ceja, extrañado, pero asintió y desapareció un escaso minuto antes de regresar acompañado por el imponente hombre, que saludó a la pareja con una respetuosa inclinación de cabeza.
—Sasuke, Naruto.
Sasuke le devolvió el gesto con brusquedad.
—Cierra la puerta, hijo. No te preocupes, es un viejo amigo.
Su cachorro parecía intrigado pero, como de costumbre, obedeció confiando en su juicio y escuchó sus pasos alejarse por las escaleras, probablemente de vuelta con Yui.
Kurogane y él se miraron un segundo con firmeza antes de que este deslizara sus ojos rojizos hacia Naruto. Su rostro de facciones duras se suavizó de un modo tan imperceptible que solo aquellos que lo conocían bien habrían detectado la leve tristeza en su mirada.
—Naruto, ¿cómo te encuentras? —le preguntó, acercándose a él.
El rubio le sonrió.
—Nada que no vaya a curarse.
—¿Me permites?
Sasuke le lanzó un fuerte gruñido de advertencia, a lo que su pareja respondió dejando caer los hombros.
—Sasuke, es Kurogane. No me haría daño.
Sin embargo, la pantera le quitó importancia con un gesto de la mano al mismo tiempo que se sentaba junto al doncel.
—Déjalo, es normal que esté protector. Aunque está bastante tranquilo, teniendo en cuenta que no se ha abalanzado sobre mí para arrancarme el brazo por atreverme a tocarte.
—Que te jodan, Kurogane —ladró Sasuke.
Este ni se inmutó mientras, con mucho cuidado, apartaba un poco el vendaje de Naruto para olfatear la herida y examinarla por encima.
—Tengo demasiadas responsabilidades como para joder con nadie —replicó como si nada antes de colocar el vendaje como estaba y dirigirse a Naruto—. Los cortes fueron bastante limpios y no huelo signos de infección. Te pondrás bien en poco tiempo.
—Deja de ignorarme —gruñó Sasuke.
—Entonces deja de estar tan tenso, sabes que soy la última persona que te haría daño a ti o a tu familia.
—¿Y cómo quieres que esté, Kurogane? —interrogó Sasuke, sintiéndose violento al recordar la imagen de su Naruto tirado en el barro, inconsciente y con el pecho y el cuello ensangrentados, como si le hubieran cortado la garganta—. Han atacado a mis hijos y a mi compañero, ¡podrían haberlos matado! —Hizo una pausa al mismo tiempo que se paseaba por la habitación como un lobo enjaulado—. La otra vez pude perdonarlos porque la cosa no pasó de una paliza; pude entender que esos chicos hubieran malinterpretado la situación y que estuvieran cegados por la furia del momento, pero, ¿ahora? Ha pasado un año, Kurogane, y Sven me prometió que no se repetiría esto. ¿Cómo quieres que me sienta en estos momentos? ¿Quién me asegura que no volverá a ocurrir esto? No permitiré que esos linces estén aquí y que amenacen a mi familia; este es mi territorio y la decisión es mía. Quiero que Sven y su manada se vayan y no vuelvan a aparecer por aquí.
Kurogane ni parpadeó, se mantuvo impasible todo el tiempo, en absoluto sorprendido por el arranque de rabia del hombre lobo.
—¿Has terminado?
Sasuke gruñó.
—¿Te parece poco?
—No he venido a pelear, Sasuke, sino a razonar contigo.
—¿Qué coño hay que razonar? Esos chicos por poco matan a Naruto y a mis hijos y no hay más que hablar.
—Te recuerdo que tu hijo Kurama por poco le arrancó el cuello a uno de los linces.
Tanto Sasuke como Naruto se tensaron. El rubio le lanzó una mirada asustada a Sasuke, el cual percibió de inmediato su temor, aunque no apartó la vista de Kurogane.
—Kurama protegía a su familia. Sabes que nuestras leyes no castigan la muerte o la agresión cuando es por defensa justificada.
—No, pero sus padres no estarán de acuerdo y lo usarán en venganza por lo que le ha ocurrido a su cachorro.
—¿Está muy mal? —preguntó Naruto.
Kurogane lo miró con calma.
—Se recuperará. Tardará un tiempo, pero lo hará… Sin embargo, sus cuerdas vocales están seriamente dañadas. No volverá a hablar.
El doncel palideció y el arrepentimiento asomó a su rostro. Sasuke no estaba tan afectado, seguía creyendo que su hijo hizo lo correcto al proteger a su padre y a su hermano tan bien como pudo, pero notaba el malestar de su compañero y no dudó en ir con él para abrazarlo y reconfortarlo.
—¿Por eso has venido? ¿Para advertirnos de que se acerca otro juicio?
—He venido a ahorraros las quejas de los padres de esos cachorros ofreciéndoos un trato.
Sasuke resopló.
—¿Qué te ha pasado? Tú nunca has sido diplomático.
Kurogane se encogió de hombros.
—La gente cambia. Tú nunca te habrías retirado de la Caza ni te habrías conformado con un compañero teniendo a todas esas lobas y lobisones detrás de ti, pero conociste a Naruto y te convertiste en un afable lobo casero. Ahora yo tengo familia, también, y eso ha cambiado mi perspectiva. Además, te recuerdo que el lince que atacó a tu compañero está bajo mi cargo.
—Me sorprende que no lo hayas metido en cintura —masculló el lobo—, siempre fuiste el más duro de los dos cuando cazábamos.
—Cuando decidí hacerme cargo de Shaoran, me di cuenta de que ser excesivamente duro con un cachorro no es la mejor técnica, sobre todo si sus padres acaban de morir. Train es especial, por eso he tenido que suavizarme.
—¿Qué tiene ese lince de especial? —Sasuke sabía que no estaba siendo del todo justo al no ver a ese gato como a un adolescente, más todavía siendo uno de los chicos de Kurogane, quien había sido su compañero cuando era Cazador, el mismo que le había salvado la vida tantas veces que no sería capaz de contarlas… Pero no era nada fácil. No cuando había estado a punto de asesinar a su rubio.
La pantera lo miró con aire sombrío.
—Es el chico del caso Heartnet.
Al escuchar aquel apellido, tanto Sasuke como Naruto se sobresaltaron, en absoluto esperando esa información. De hecho, el doncel se apretó contra su lobo, que lo abrazó con fuerza.
—No sabía que acogiste a ese chico —murmuró Sasuke, comprendiendo de repente por qué Kurogane estaba siendo tan blando con él. Lo cierto era que no podía culparlo.
—Nadie sabe quién es, solo Sven, yo y ahora vosotros. Por eso me cogí dos años de baja, para poder ocuparme de él antes de que se convirtiera en un peligro para los demás, aunque fue Shaoran quien hizo más por él que yo. Por eso se vuelve tan irracional cuando se trata de su hermano.
Naruto tragó saliva y se atrevió a preguntar:
—¿Cómo está?
Kurogane suspiró. Por primera vez, parecía cansado.
—Todo lo bien que puede estar alguien que ha pasado por lo que pasó él. No lo sé, solo han pasado cinco años desde aquello y aún es un adolescente, está en plena efervescencia hormonal y creo que tiene los mismos problemas de agresividad que tu hijo Kurama… Sin embargo, en él están más acentuados a raíz de lo que vivió. Trato de mantenerlo bajo control, pero los idiotas con los que se junta no me ayudan, y tampoco quiero prohibirle que deje de verlos, le ha costado mucho socializarse… aunque hubiera preferido que fuera con otros chicos.
Sasuke se inclinó para tocarle el hombro.
—Lo siento. De haber sabido lo difícil que es esto para ti no habría sido tan violento. —Hizo una pausa en la que frunció el ceño, debatiéndose consigo mismo, hasta que al final suspiró—. No puedo perdonarle que estuviera a punto de matar a mi compañero, pero… estaría dispuesto a negociar cómo solucionar todo esto —dicho esto, miró a Naruto—. ¿A ti te parece bien?
Este asintió y le frotó el brazo.
—Sí. Ese chico ya ha pasado por mucho, no me gustaría perjudicarlo aún más. —Después, colocó su mano sobre la de Kurogane y se la estrechó—. ¿Qué podemos hacer para que esto sea más fácil para todos?


Kurama parpadeó al sentir unos dedos cálidos que acariciaban su cabello. El olor de su padre lobo hizo que despertara calmado, sabiendo que estaba seguro, y se giró perezosamente para mirarlo.
—Padre… ¿Ocurre algo?
Este esbozó una suave sonrisa.
—Todo está bien, hijo. Pero tenemos que hablar de algo.
Pese a que lo único que quería hacer en esos momentos era dormir, se incorporó despacio, haciendo una mueca cuando una de las heridas le escoció, pero su padre lo ayudó y le gruñó suavemente para consolarlo.
—Tómatelo con calma, cachorro.
Finalmente, Kurama se quedó recostado en la pared usando la almohada y su padre se mantuvo sentado a su lado, de cara a él.
—¿Qué pasa?
El rostro del alfa se volvió serio.
—Tenemos un problema con los linces.
Todos los músculos del pelirrojo se tensaron.
—¿Van a venir a por Narumi? No pueden hacer eso, ¡no hizo nada!
—No se trata de él… sino de ti.
Él frunció el ceño, aunque le aliviaba un poco que no fuera a ocurrirle nada malo a su hermano.
—¿Qué he hecho?
Su padre entrecerró los ojos y un ligero aroma a rabia llegó hasta su sensible nariz.
—Se trata de uno de los linces con los que luchaste, al que heriste en la garganta. Se pondrá bien con el tiempo, pero prácticamente le arrancaste las cuerdas vocales y eso no les ha gustado a sus padres. Están pensando en ir a por ti.
Kurama apretó los labios y sus manos se convirtieron en puños.
—Protegía a papá. Esos… gatos iban a matarlo.
—Lo sé, lo sé —lo tranquilizó Sasuke, colocando una mano en su mejilla para acariciarlo—, y estoy muy orgulloso de ti por ello. Pero no quiero que otro de mis hijos pase por otro juicio, uno que no estoy seguro de que podamos ganar sin sufrir represalias.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el joven, ahora preocupado.
Los ojos de su padre eran tristes cuando le devolvió la mirada.
—Tienes un historial de agresividad, Kurama. No te estoy echando la culpa ni mucho menos, lo sé mejor que nadie; yo también fui más instintivo cuando despertó mi lado animal que mi hermano, pasé una mala racha y me metí en peleas innecesarias. Sin embargo, esos padres usarán tus antecedentes como excusa para decir que eres peligroso.
Kurama tembló de rabia. ¿Y ya está? ¿Esos cabrones atacaban a su hermano y a su padre y al único que iban a castigar iba a ser a él?
—No es justo —dijo, con los ojos cargados de lágrimas. No sabía lo que pasaría con él, pero sabía que lo separarían de su familia y eso le rompía el corazón. No había nada más doloroso para un lobo que verse separado de su manada.
Su padre se acercó y lo abrazó.
—No te preocupes, no va a pasarte nada. He aceptado un trato.
Kurama alzó la vista hacia él.
—¿Un trato?
Él asintió.
—No me hace mucha gracia, pero no pienso permitir que te aparten de nosotros durante unos años por hacer lo que tenías que hacer. Los linces se quedarán durante la época de celo, pero no se les permitirá acercarse a nuestra casa ni tampoco a ninguno de nosotros.
El joven bajó los ojos.
No, no le hacía ni puñetera gracia. Es más, era un error… pero entendía que su padre lo hubiera aceptado. Con todo lo que estaba pasando, su padre doncel herido y todos sus hermanos nerviosos, lo último que necesitaban era otro juicio por agresividad y que a él lo mandaran lejos.
—Entiendo. Puedo soportarlo siempre y cuando estén lejos de Narumi y papá.
—Hay algo más.
Kurama levantó la cabeza y le dedicó una mirada interrogante. La expresión del lobo alfa era un poco dura.
—He exigido a cambio un castigo para los que os atacaron.
—¿Y eso es malo?
—No, uno de ellos está postrado en la cama y otros dos cumplirán con trabajos de limpieza común en el territorio que les hemos asignado a los linces.
—Falta uno.
Sasuke soltó un suspiro.
—El hermano de Shaoran. Lo hemos estado hablando mucho tiempo… y he decidido que, puesto que atacó a un ser humano, le vendría bien estar rodeado por ellos una temporada en el camping. Quiero que tú lo supervises.
—¡¿Qué?! —exclamó Kurama, rojo de ira—. ¡Ni hablar! ¿Por qué tengo que estar cerca de ese maldito gato? Fue el que atacó a papá.
Su padre lo miró con seriedad.
—Por tres razones. La primera, demostrar que eres dueño de ti mismo, que estás en equilibrio con tu lado animal; si estás cerca de ese lince sin atacarle, todo el mundo sabrá que no eres peligroso y no podrán juzgarte. La segunda, quiero que lo tengas vigilado, asegúrate de que no busca venganza contra tu hermano, aún no termino de fiarme de él.
—¿Y la tercera? —gruñó el joven lobo, totalmente disgustado por muy buenos que fueran los argumentos de su padre.
La mirada de Sasuke se suavizó.
—Quiero que le ayudes.
Kurama se sobresaltó. No había esperado eso.
—¿Qué?
Su alfa lo tomó de las manos y se las estrechó.
—Las personas, seamos humanos o cambiantes, somos de determinada manera no porque lo hayamos querido así, sino porque las experiencias que vivimos, la gente con la que nos cruzamos, nos marcan… para bien y para mal. Ese chico ha tenido la mala suerte de haber vivido cosas horribles que le han hecho ver… la peor parte del mundo.
—Padre…
—Sé que estás enfadado, y lo comprendo a la perfección. Pero piensa en cómo habría sido tu vida si nos hubiese pasado algo a tu padre y a mí y hubieras caído en las garras de personas terribles. Piensa en que cómo habrías actuado si pensaras que alguien hubiera abusado de Saki o Miko.
Kurama se quedó callado un buen rato, tratando de ponerse en esa situación. Si él, que ya de por sí tenía un temperamento fuerte, hubiera vivido la pérdida de sus padres y hubiera tenido que valerse por sí mismo antes de terminar atrapado con hombres que le habrían maltratado… Sí, sería el doble de agresivo que era ahora. Mataría a cualquiera que creyera que podría haber hecho daño a uno de sus hermanos, sin importar quién fuera ni tampoco las consecuencias.
Soltó un gruñido bajo.
—Sabes que esto no me gusta nada, ¿verdad?
El otro lobo asintió.
—Yo tampoco he perdonado a ese lince. Sabes que amo a tu padre y que no toleraría que nadie que le hubiese hecho daño anduviera cerca de nosotros… pero también he sido Cazador. He visto cosas horribles y sé qué suele provocarlas. Algunas personas ya no tienen remedio, pero ese chico aún puede salvarse. —Hizo una pequeña pausa en la cual esbozó una media sonrisa—. Además, quieres encargarte algún día del camping, ¿verdad?
Kurama apartó la vista con cara de pocos amigos.
—… Sí…
—Piensa que vas a tener que aguantar a gente que no te gustará.
—No es lo mismo, padre.
—Si eres capaz de no arrancarle la garganta a ese lince, podrás lidiar con cualquier idiota —dicho esto, se puso serio y cogió su rostro entre sus manos—. Recuerda lo que te he enseñado sobre el equilibrio entre tus dos mitades y no dejes que te provoque, porque es probable que busque excusas para poder hacer daño a Narumi. Piensa en convertir a un enemigo en un aliado. Y sobre todo, no olvides que hacemos esto por nuestra manada.
El pelirrojo asintió.
—Por la manada —prometió.


Train le lanzó una mirada asesina al lobo pelirrojo que tenía delante. De todos los castigos que le podrían haber impuesto, de todas las cosas que podrían haberle obligado a hacer, ¿tenía que ser precisamente hacer quién sabe qué con ese chucho asqueroso?, ¿el hermano del cabrón que abusó de Shaoran y el que había dejado a Shiki sin voz? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que aguantar a ese…?
—Eh, ¿piensas mirarme así todo el día o vas a mover el culo? —le gruñó el perro.
Él le devolvió el gruñido.
—No me hables así, imbécil.
—Tú no me insultes, capullo.
Train bufó y tensó los músculos.
—¿Quieres pelear, gilipollas de mierda?
El otro hizo amago de dar un paso hacia él… pero pareció pensárselo mejor y retrocedió con un gruñido.
—Me encantaría darte una lección, pero paso de tener que estar cerca de ti más tiempo del que ya nos han asignado juntos. Así que, cuanto antes te muevas, antes podremos largarnos —dicho esto, le dio la espalda y se alejó a paso rápido.
El lince maldijo para sus adentros, admitiendo que él tampoco quería estar más tiempo del necesario cerca de ese perro, por lo que le siguió a regañadientes hacia el camping en el que tendría que trabajar hasta que pasara la época de celo. La verdad era que no tenía muy claro lo que tenían que hacer allí… hasta que vio que se acercaban a un parque infantil en miniatura plagado de críos de entre dos y cuatro años.
—Me estás tomando el pelo —declaró.
El lobo ni pestañeó.
—El camping dispone de una pequeña guardería para que los adultos y los niños más grandes puedan disfrutar de excursiones sin tener que preocuparse por los más pequeños. Se divierten aquí y también tenemos una cabaña con una zona llena de juegos y material de dibujo y otra con literas para descansar.
—¿En serio vamos a hacer de niñeras?
—Sí.
—¿No podemos hacer otra cosa?
—No. —Vio que el lobo sonreía con diversión. Será hijo de…—. El invierno ha terminado, a la gente le apetece salir a la montaña con buen tiempo, antes de que aumenten las temperaturas, por lo que tenemos mucha gente y poco personal.
Train gruñó. Por mucho que odiara a ese chucho, era consciente de que había hecho mal al atacar a aquel doncel; no es que le gustaran mucho los humanos, de hecho, prefería permanecer lejos de ellos debido a lo que le hicieron a él y a su familia, pero su odio ya no le cegaba tanto como antes, al menos, no para no darse cuenta de que aquel humano estaba indefenso.
Igual que lo estuvo él cuando era un cachorro.
Se estremeció ante el desagradable recuerdo, algo de lo que se percató Kurama, que lo miró con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo?
Train se tensó un instante, pero pensó rápido una respuesta convincente:
—No se me dan bien los niños.
El lobo asintió y se adelantó.
—Siempre hay una primera vez para todo. Te enseñaré.
El otro joven levantó una ceja al percibir el cambio en su tono de voz. Parecía… más suave, era agradable.
Al darse cuenta de lo que acababa de pensar, sintió un ardor en las mejillas y sacudió la cabeza, diciéndose a sí mismo que solo le había pillado por sorpresa y que no volvería a bajar la guardia ante ese animal pulgoso. De modo que siguió al joven lobo a una distancia prudencial hasta el parque, diciéndose a sí mismo que cumpliría su castigo para no perjudicar a su manada y también porque se arrepentía de haberle hecho daño a ese doncel, pero procuraría vigilar también al lobo por si acaso.
Sin embargo, y curiosamente, el pelirrojo parecía mucho más centrado en enseñarle cómo coger a los niños y qué hacer con ellos cuando lloraban que en hacerle ningún daño por lo que, en contra de su voluntad, poco a poco fue dejando de prestarle atención para entregársela por completo a unos niños humanos que exigían su presencia en todo momento… lo cual le resultó de lo más estresante y agotador, hasta las sesiones de entrenamiento con Kurogane eran menos duras que aquello. Entre un niño y otro, no pudo mirar más al lobo que las ocasiones en las que pasaban cerca el uno del otro, y este siempre parecía tener más interés en estar con los pequeños que en vigilarlo, aunque sabía que estaba atento de algún modo, ya que en cuanto percibía que hacía algo mal se acercaba y le echaba una mano antes de enseñarle cómo hacer bien las cosas.
Train no podía estar más confundido. Ese lobo lo odiaba, lo había percibido en su última pelea, una en la que por poco le arranca la garganta a Shiki de un bocado, pero ahora actuaba con tanta profesionalidad que lo dejaba desorientado… y, aunque se negaba a reconocerlo, su lado animal sentía cierto interés por él. Lo había visto con los niños y le resultaba de lo más intrigante ver cómo se relajaba con ellos y la forma en la que su rostro se suavizaba, la amabilidad que desprendía y un lado juguetón que se le antojaba divertido por mucho que se repitiera a sí mismo que alguien que defendía a un violador no podía ser bueno…
Aunque, pensándolo bien, se trataba de su hermano. Él habría defendido a Shaoran hasta la muerte si las cosas hubieran sido al revés.
Se le escapó un gruñido al pensar que estaba empatizando con él y que eso no le gustaba.
—¡Milad! Tlai glunie como Kulama.
Train, que no lograba adaptarse al lenguaje de los más pequeños, frunció el ceño sin comprender nada.
—¿Qué?
—Dice que gruñes como yo —dijo Kurama, que se encontraba a menos de dos metros de donde estaban, antes de buscar a la niña que había hecho el comentario con los ojos y sonreírle juguetón—, pero yo lo hago más fuerte —y dicho esto, soltó una fuerte gruñido de lobo, dejando a Train horrorizado y a los niños chillando felices.
El lince se acercó a él y lo cogió del brazo.
—¿Pero qué haces? —murmuró, mirando a todas partes—. Vas a conseguir que nos descubran y nos cacen, imbécil.
El otro joven se encogió de hombros.
—¿Quién? No hay más humanos por aquí cerca que los que ves delante.
—¿Y si se lo dicen a sus padres?
—Son niños, pensarán que solo hacemos imitaciones, no que seamos cambiantes que utilizan el camping como tapadera para vivir en mitad del bosque —tras terminar con su explicación, cogió a un niño que no tendría más de dos años en brazos y empezó a acunarlo para que se adormeciera.
Por otro lado, Train se quedó algo pensativo y se puso en cuclillas.
—¿Es eso el camping? ¿Una tapadera para que a nadie le sorprenda que vivís aquí?
—Bueno, en parte sí, pero también es porque mi padre no quería irse muy lejos del lugar donde vivía con su manada.
—¿Y dónde está?
Kurama se quedó un momento callado y su mirada se ensombreció un poco.
—Murieron hace muchos años, en un incendio que provocaron unos humanos.
Train se tensó ante esas palabras. No tenía ni idea de que la manada Uchiha hubiera sido asesinada por los hombres, igual que la suya.
—Lo siento.
El lobo se encogió de hombros.
—Yo ni siquiera llegué a verla. En aquel entonces, mi padre lobo aún no había conocido a mi padre doncel.
—Entonces, ¿cómo es que lo escogió para ser su compañero si era un ser humano? —preguntó el otro cambiante, sin comprenderlo.
Kurama bajó la vista, momento en que fue consciente de que el niño que sostenía se había quedado dormido, por lo que dejó de moverlo y permitió que estuviera recostado sobre su pecho en una posición cómoda. Tras asegurarse de que no había más pequeños cerca para escuchar la historia, miró al lince con seriedad.
—Los lobos nacimos para vivir en manada. Un lobo que pierde a la suya, pierde su razón para vivir. No quedó nadie de la familia de mi padre, solo él sobrevivió al fuego y no pudo soportar no encontrar a nadie más con vida. Así que se fue a la carretera y esperó a que pasara un coche.
Train se estremeció. ¿Esa mole enorme y fuerte que lo había sometido con tanta facilidad que resultaba humillante, pensó en quitarse la vida?
Como si el otro joven leyera sus pensamientos, lo miró con cara de pocos amigos.
—No espero que lo comprendas al ser un lince. Vais en manada por protección contra los hombres, pero sois solitarios por naturaleza. Los lobos somos diferentes, nacemos para vivir en grupo toda la vida, aunque sea uno pequeño, como mi familia.
El lince asintió y se sentó con las piernas cruzadas.
—¿Y qué pasó?
Kurama sonrió un poco.
—Resultó que el primer coche que pasó por la carretera fue el de mi padre doncel.
Train abrió los ojos como platos.
—¿Tu padre atropelló a tu otro padre?
El lobo soltó una carcajada.
—Sí, y mi padre doncel se sintió tan mal que lo cargó hasta el coche y lo llevó corriendo a un hospital veterinario. Cuidó de él durante más de mes y medio, y mi padre lobo se enamoró.
—Pero… el doncel no sabía que era un cambiante, ¿no?
—No. Mi padre se lo dijo más tarde, aunque nunca nos ha contado cómo exactamente —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Probablemente usó alguna de sus perversiones.
El lince sacudió la cabeza, totalmente perdido.
—¿Perversiones?
—Está muy enamorado de él y lo toca cada vez que tiene la ocasión. Huelen a lujuria constantemente —se quejó con un gruñido.
Train no pudo evitar hacer una mueca. Si él oliera alguna vez a Kurogane excitado… Ugh…
—Eso es incómodo.
—Un poco —admitió Kurama antes de sonreír ligeramente—. Pero también es… hermoso ver lo mucho que se siguen queriendo después de tantos años.
El felino también sonrió. Por un instante, un recuerdo de la infancia le vino a la mente; su padre abrazando por sorpresa a su madre mientras ella hacía el desayuno. Apenas tenía recuerdos de antes de la noche en la que los asesinaron, pero los pocos que tenía y que no guardaban relación con aquel horrible suceso eran felices y cálidos.
Sí, era hermoso querer a alguien de ese modo… y por eso, y por el amor que había visto en sus padres y que le habían profesado a él, se sintió realmente mal por haber estado a punto de arrebatarle algo así a un hombre que ya lo había perdido todo.
Por eso, y a pesar de que todavía no terminaba de fiarse de los lobos, le dijo:
—Lamento haber atacado a tu padre.
Kurama se sobresaltó un poco por la disculpa, pero al ver el rostro arrepentido del gato y cómo huía de su mirada, supo que estaba siendo sincero.
—Mi olfato no es tan bueno como el de los lobos y confundí a tu padre con uno. De haber sabido que era un doncel humano no le habría atacado. No es que me gusten los hombres, pero estaba indefenso ante mí. No estuvo bien atacarle —dicho esto, se atrevió a mirarlo de reojo—. ¿Está bien?
El lobo, tras recuperarse de la sorpresa, asintió.
—Sí. Se pondrá bien.
Train, algo incómodo por el extraño momento que estaba compartiendo con el otro cambiante, asintió y se levantó.
—Me alegro —dijo para después alejarse rápidamente, sintiendo otra vez las mejillas ardiendo y el corazón latiendo con fuerza.
Y no era el único, porque Kurama se lo quedó mirando entre estupefacto, curioso e interesado. Realmente, lo que estaba haciendo ahora lo hacía por su familia, para evitar que lo alejaran de ella y no darles más disgustos a sus padres de los que ya tenían después del ataque de los linces, la parte de ayudar a ese chico, como le había dicho su padre, no la había tenido demasiado en cuenta porque no quería saber nada de ese gato… pero ahora veía que no era tan insensible como había creído.
Puede que, después de todo, su padre tuviera razón y solo necesitara que lo ayudara a ver las cosas desde su perspectiva. Tal vez solo estaba perdido y herido por lo que quiera que le hubiera pasado y necesitara que alguien le hiciera ver las cosas desde otro punto de vista. Y si ese debía ser él… con un poco de suerte, podría convencerlo de que Narumi era inocente, así terminarían todos sus problemas.
Tras pensarlo un buen rato, decidió que lo intentaría. El lince parecía tener bastante sensibilidad como para sentirse culpable por atacar a su padre, con algo de tiempo, y acercándose a él con cuidado, estaba seguro de que podía conseguir que viera que Narumi solo había querido ayudar y que en ningún momento había tenido intención de hacer daño a su hermano.
Lo tenía todo a su favor. Ahora solo tenía que refrenar su agresividad y lograr que un lince solitario lo viera como a un amigo.


Dos semanas pasaron con una rapidez que ninguno de los dos esperaba y, lo más sorprendente de todo, es que fueron bastante pacíficas. Tras conocer la historia de Sasuke y Naruto, Train le había dado muchas vueltas al amor que compartían; no es que los hubiera visto en persona ni nada, pero con saber por lo que había pasado el lobo y los escasos recuerdos que conservaba de sus padres, había estado pensando que él no había tenido nunca una relación así desde que era niño, ni siquiera con Shaoran… y se dio cuenta de que, después de lo que le pasó, se había cerrado en banda a permitir que nadie se le acercara demasiado. No estaba seguro de por qué lo había hecho realmente, no creía que fuera exactamente por miedo a perder a alguien sino porque… Bueno, tras la muerte de sus padres, tuvo que forzarse a valerse por su cuenta sin contar con nadie más, el resto se había dedicado a dañarlo de múltiples y coloridas formas y, tal vez por instinto, quiso evitar que eso ocurriera de nuevo.
Sin embargo, también advirtió su soledad. Tenía a sus amigos, pero no sentía que fuera una relación muy fuerte, en realidad, ellos fueron los que se acercaron a él atraídos por su fuerza en forma animal y a Train le gustó ser respetado, era la primera vez que alguien lo admiraba y, después de pasar tanto tiempo entre miradas compasivas, la sensación de ser visto como alguien poderoso y no una víctima fue adictiva. Sin embargo, no pasaba de ser eso. No es que ellos fueran insignificantes para él, pero tampoco eran realmente cercanos, a menudo prefería correr a solas por el bosque que ir con ellos a practicar técnicas de caza con conejos.
En cuanto a Kurogane y Shaoran… Bueno…
Respetaba a Kurogane. Fue el hombre que lo salvó y siempre estaría en deuda con él por ello, aunque a veces fuera un grano en el culo, pero cuando él intentó acercarse, no se lo permitió tampoco y, en su momento, se sintió aliviado porque respetara la distancia que había marcado, pero ahora se daba cuenta de que su relación era fría en comparación con la que tenía con Shaoran.
Y su hermano… Él era el que estaba más cerca de su corazón y el que más se esforzaba en entrar en él, pero… le seguía costando abrirse. Tantos años viviendo como un animal salvaje, siguiendo la ley del más fuerte, hicieron que adoptara una actitud de no mostrarse vulnerable jamás ante nadie, y por eso parecía ser incapaz de decirle lo importante que era para él.
Porque de no ser por Shaoran, él no sería más que un simple animal.
El cambio de actitud de Kurama hacia él también lo ayudó a reforzar su decisión de tener un buen comportamiento durante el castigo. Trataba de hablarle como a cualquier otra persona y no como a un enemigo; las pullas nunca faltaban, por supuesto, pero con el tiempo se volvieron más una costumbre que amenazas reales y, al final, acabaron siendo su pequeña broma privada.
El mundo que le mostró el lobo también hizo que su perspectiva de las cosas se ampliara a niveles que no había creído posible: aprendió a apreciar la belleza y la quietud del bosque y a no verlo como un simple terreno de caza, a contemplar a los animales como seres vivos y no mera comida, a comprender que los humanos no eran muy distintos a ellos y había quienes eran crueles como los que mataron a su familia y quienes eran de naturaleza amable como su padre doncel. Gracias a él, sus necesidades más básicas, cazar, comer, dormir, pasaron a ser otras completamente diferentes y, sobre todo, emocionales. Anhelaba tener una familia a la que pertenecer, alguien a quien querer y sentirse querido. Sin embargo, todavía le resultaba difícil abrirse a Shaoran, el único con el que se sentía lo bastante cómodo como para intentarlo, aunque él percibió el cambio en su actitud y eso le hizo sentirse mucho mejor, del mismo modo que Kurogane notó con alivio que Train se estaba suavizando desde que pasaba tiempo con Kurama.
Con el lobo, en cambio, era… fácil. No es que se contaran sus vidas a menudo, pero descubrió que los dos eran muy parecidos y que precisamente por eso no necesitaban hablar demasiado; ambos apreciaban el silencio y tener sus momentos a solas, eran más instintivos que el resto de cambiantes y por eso disfrutaban corriendo y luchando, de hecho, sus pullas acababan a veces en leves forcejeos para probarse el uno al otro. El caso era que, precisamente por esas similitudes, ambos empezaron a comprenderse y a entablar una comodidad que crecía muy rápido gracias a todo el tiempo que pasaban juntos en el camping.
Ese día, les había tocado hacer vigilancia por las sendas que usaban los excursionistas para asegurarse de que no había cazadores cerca que pudieran herirlos sin querer… o matar a un cambiante. Desde que lo había sabido, Train estaba especialmente ansioso y tenía todos los sentidos alerta, a la espera de cualquier señal de que hubiera uno cerca.
—Más despacio —lo llamó Kurama—. Estás muy nervioso.
El lince se detuvo y se dio cuenta de que estaba a tres metros del lobo, que caminaba con calma entre la maleza con una elegancia predadora electrizante; no era la misma que la de los felinos, sinuosa y sutil, sino poderosa y majestuosa, le llamaba mucho la atención y que Kurama tuviera además una figura delgada pero musculosa, como la del animal que llevaba dentro, no hacía más que atraer sus ojos.
—Ey, ¿me estás escuchando?
Train alzó la vista hacia sus ojos azules. Eran hermosos y de mirada intensa y fogosa, hizo que un estremecimiento recorriera su espalda y que su lince interior gruñera.
—Tengo buen oído —se limitó a decir, permitiendo que llegara hasta él.
El lobo lo examinó con ojo crítico.
—Hoy estás exaltado. ¿Ha pasado algo?
Él se removió, algo incómodo.
—¿Crees que veremos cazadores?
Kurama estrechó los ojos, como si así pudiera ver a través de él y averiguar lo que le ocurría.
—Acaba de empezar la primavera, puede que aún tarden un poco, hay animales que aún no han salido de sus madrigueras. —Hizo una pequeña pausa—. ¿Por qué? ¿Acaso te dan miedo?
Train gruñó con tal fuerza que pilló desprevenido a Kurama.
—Los odio.
El lobo lo miró con detenimiento hasta que captó un aroma picante que provenía de él. Tras unos momentos, lo cogió suavemente del brazo y lo instó a sentarse sobre unas piedras que sobresalían de entre los arbustos altos.
—Puedo oler tu rabia y tu dolor. ¿Quieres hablar de ello?
Train dudó un poco. Nunca había hablado con nadie de la muerte de sus padres, o de lo que ocurrió con él después, detestaba recordar todo lo que tuvo que aguantar en las garras de aquellos humanos… en cómo lo destruyeron pedazo a pedazo, en lo que le convirtieron.
Sin embargo, antes de que fuera consciente de ello, se sorprendió a sí mismo diciendo:
—Unos cazadores mataron a mis padres.
Kurama no se sorprendió, había sospechado algo desde que había visto cómo Train interactuaba con los humanos y, además, el hombre pantera llamado Kurogane no parecía ser su padre. Atar cabos no le había resultado difícil.
—Lo siento mucho.
El lince asintió con brusquedad y levantó las rodillas hasta el pecho, abrazándolas y apoyando el mentón sobre ellas con la mirada perdida.
—Yo tenía doce años, sufrí el Cambio mientras estábamos en el bosque de excursión. No fue un problema hasta que mi padre oyó a los cazadores. Fue a intentar asustarlos, pero lo mataron. Yo no podía moverme, entre que sufría los síntomas de fiebre y que no sabía controlar mi cuerpo ni siquiera tuve fuerzas para ponerme en pie. Mi madre trató de defenderme, pero eran muchos y también la abatieron.
Kurama no dijo palabra. Ya había dicho que lo sentía y era consciente de que Train le había oído, solo lograría irritarlo y en esos momentos era lo último que quería. En vez de eso, preguntó:
—¿Te encontraron?
Train asintió despacio y apretando los puños, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Me encerraron en una jaula y me echaron en la parte de atrás de una furgoneta. Luego, lanzaron los cuerpos de mis padres a mi lado como si no fueran más que basura. Yo no podía parar de chillar. Estaba en forma animal y era incapaz de controlar mis emociones amplificadas por el Cambio, solo quería acurrucarme en ellos y suplicar que volvieran, estuve llorando hasta que me quedé sin voz. —Hizo una pausa en la que tragó saliva—. En algún momento, llegamos a una cabaña. Tenían muchos animales enjaulados pero yo era el único cambiante. En ese momento, no lo supe, pero esos hombres eran cazadores furtivos, venían en busca de animales exóticos para venderlos o sacarles el mayor provecho posible. —De repente, ya no pudo seguir hablando, se quedó atragantado por el nudo que tenía en la garganta.
Kurama, preocupado y profundamente dolido por el fuerte aroma a tristeza que lo estaba impregnando todo, se levantó y se sentó a su lado para tocarle el brazo.
—No es necesario que sigas.
Sin embargo, Train ya no podía parar, necesitaba sacarlo de su interior, como si fuera una especie de parásito que lo estaba matando por dentro.
—A mis padres los despellejaron para vender su piel y dejaron que sus cuerpos se pudrieran en mitad de la nada.
El lobo abrió los ojos como platos, horrorizado. Puede que hubiera intuido que sus padres hubieran muerto de forma violenta, pero ni por un instante se le pasó por la cabeza que hubiera más que eso, algo tan terrible como que Train fuera testigo de cómo les arrancaban la piel, probablemente con la misma impasibilidad con la que alguien pliega la ropa o limpia el pescado para hacer la comida, antes de lanzar sus cuerpos en cualquier parte, como cuando tiras la piel de las patatas a la basura.
Cuando el lince alzó la mirada hacia él y contempló sus ojos, ya no vio al cambiante que atacó a su padre, o al feroz felino que se abalanzó sobre su hermano. No pudo ver nada más que un cachorro muerto de miedo y tan perdido que no sabía lo que hacía.
—Y a mí me vendieron —le dijo con la voz rota y un asomo de lágrimas a punto de caer por sus mejillas—. Después de un año en el que me mantuvieron en una jaula diminuta, aterrorizándome con los golpes que les daban a los barrotes y divirtiéndose dejando mi comida lejos para ver si la alcanzaba, me entregaron a una mujer que me dejó en manos de un hombre que pretendía adiestrarme a base de golpes de fustas y que me puso un collar de castigo al cuello para que ella me estrangulara cada vez que yo me portaba mal. Estuve tan muerto de miedo, tan solo… que ni siquiera me atreví a adoptar mi forma humana. Pasé dos años enteros siendo un lince. Me rompieron, Kurama, me convirtieron en un animal salvaje y violento. Incluso ataqué a Kurogane cuando vino a salvarme.
Kurama, que había sido incapaz de articular palabra ante todos los horrores que le estaba describiendo Train, por fin pudo farfullar:
—¿Kurogane?
—Él seguía siendo Cazador entonces —asintió Train, apartando los ojos de él y moviendo la cabeza a un lado y a otro—. Sabía que yo seguía vivo y llevaba dos años buscándome. Él intentó calmarme, pero yo no respondía, creía que iba a hacerme daño como todos los demás a pesar de que era un cambiante. A mí no me importaba, estaba muerto de miedo y en cuanto me sacó de la jaula me lancé sobre su cara y traté de huir.
—¿Lo hiciste?
El lince resopló. Las lágrimas habían desaparecido, pero ahora temblaba. Kurama no lo pensó demasiado, su lobo interior actuó por su cuenta y rodeó al otro joven con sus brazos, ofreciéndole calor y consuelo. Sorprendentemente, este no lo rechazó y se apretó contra su pecho.
—Claro que no, era más grande y más rápido, me noqueó enseguida. Pero tuvo que mantenerme en una habitación con seguridad durante seis meses en los que yo seguía sin adoptar forma humana. Todos creían que había enloquecido y que no podría recuperar mi humanidad.
—Pero no fue así —susurró Kurama, tocando su cabello para reconfortarlo.
Su gesto pareció funcionar, ya que Train pareció relajarse un poco y apoyó la cabeza en su hombro. Sus movimientos no eran algo que hiciera a propósito, estaba perdido en su memoria e inconscientemente necesitaba consuelo con desesperación, por eso su lado animal, instintivo, había ido en busca de la calidez que le ofrecía el cuerpo del lobo.
—Un día, dejaron que Shaoran entrara en mi celda. Era el primer niño que veía en… en mucho tiempo. Los cazadores furtivos no tenían y mi ama odiaba los críos. Me sentí desorientado por su aparición, pero no me acerqué. Él solo me estuvo hablando, me contó que sus padres también murieron, pero que ahora tenía una nueva familia y que estaba mejor. Me prometió que todo iría bien y que estaría conmigo hasta que me recuperara.
—Y lo cumplió —adivinó Kurama en un murmullo.
Train asintió y, poco después, se separó un poco para mirarlo a los ojos. Su irises dorados estaban cargados de dolor y miedo.
—Si no fuera por él… yo no sería nada.
El lobo, incapaz de hablar, volvió a abrazar al lince, que aceptó el gesto y escondió el rostro en su pecho. Kurama se limitó a acariciar su cabeza en un intento por consolarlo mientras reflexionaba lo que acababa de descubrir.
Ahora lo entendía. Shaoran era el primero que había tratado con cariño a alguien que había pasado su adolescencia siendo tratado ya no como un animal, sino como un mero objeto por el que sacar dinero y al que exhibir como a una exótica mascota… Alguien que había visto cómo sus padres eran asesinados antes de ser despellejados y abandonados para ser devorados por los gusanos, alguien que había vivido encogido y aterrorizado en una jaula, alguien a quien habían tratado de domesticar mediante una correa de estrangulamiento. No le extrañaba que fuera tan violento cuando se trataba de Shaoran, o que fuera tan agresivo de por sí. ¡Diablos!, él también habría sido así si hubiera pasado por lo mismo, puede que ni siquiera hubiese sido capaz de mantener la cordura y recuperar su humanidad.
Train sí. Pero seguía estando dañado.
Quería ayudarlo.
Quería darle un hombro en el que llorar y unos brazos en los que refugiarse… tal y como estaba haciendo ahora.


Train sonrió mientras sus patas atravesaban el bosque a gran velocidad. Aquel era el último día de su castigo y Kurama y él lo estaban celebrando con un pequeño juego de persecución.
Las dos últimas semanas habían sido las mejores en la vida de Train, que él pudiera recordar, al menos. Después de desahogarse con Kurama, sintió que se quitaba un peso de encima y le resultó más fácil abrirse a los demás, siendo el primero Shaoran, que notó el cambio con alegría e hizo que ambos estuvieran más unidos; también ayudó a que su relación con Kurogane fuera un poco más cercana, el cual se percató de la evolución de su carácter y pudo permitirse tener esperanzas de que, tal vez, el muchacho pudiera rehabilitarse por completo.
En cuanto a Kurama… Train descubrió en él lo que era una amistad verdadera. Con Creed y los demás pasaba el rato escuchando sus charlas de superioridad sobre los demás, que, antes de conocer a Kurama, le parecían normales, después de todo, los más fuertes eran los que sobrevivían y no veía que fuera malo que ellos creyeran estar por encima del resto cuando en el futuro lo más probable fuera que la manada dependiera de ellos para sobrevivir… pero, claro, lo había estado viendo desde su punto de vista más primitivo, como el animal que había sido hasta no hace mucho tiempo. Ahora empezaba a darse cuenta de que sus “amigos” no eran gente demasiado… apta para convivir con en una manada de cambiantes actual: mientras que estas procuraban mantener a los clanes familiares unidos para propiciar una mejor colaboración a la hora de protegerse los unos a los otros de los humanos, Creed y su grupo solo pensaban en ellos mismos y en sus privilegios. Además, le vino a la mente algunas cosas que Creed había hecho, como el año pasado cuando intentó animarlo a que pasara la época de celo con alguna chica o doncel, añadiendo que si no lo hacía no sería un hombre, o la vez en que hizo un comentario despectivo sobre el hecho de que Shaoran fuera medio humano; se puso tan furioso que lo desafió a un combate en ese momento, resultando vencedor con facilidad.
A raíz de todo eso, comenzó a alejarse del grupo… y a pasar más tiempo con Kurama. En él encontró a alguien a quien confiarle sus inseguridades y sus dudas, le ayudó mucho a la hora de abrirse más a Shaoran, puesto que ambos tenían personalidades parecidas pero con la diferencia de que el lobo tenía muchos hermanos y estaba acostumbrado a demostrar su afecto a su manera. También… También empezó a sentirse atraído por él.
Fue un día en que estaban cuidando a los niños más pequeños y tenían que bañar a los recién nacidos. Por supuesto, a los más juguetones les encantaba chapotear en el agua y los más rebeldes, obviamente, pataleaban enfadados, lo cual equivalía a que Kurama y él acabaron empapados y que tuvieron que cambiarse… Ahí fue cuando vio por primera vez su fuerte torso, esculpido por unos pectorales que estaban en desarrollo de ensancharse y unos abdominales bien definidos, todo ello recubierto por una deliciosa piel tostada adornada por gotas de agua que deseaba lamer de su cuerpo.
Sin embargo, no fue el único que se quedó embobado mirándolo, ya que el aroma del deseo de Kurama llegó a su nariz e hizo que se sonrojara.
La atracción era mutua.
Ambos se quedaron sin saber muy bien qué hacer, es decir, era la primera vez que los dos sentían algo así por otra persona y no tenían ni idea de cómo actuar, así que se vistieron rápido y continuaron con sus tareas como si nada hubiera pasado… hasta que llegó el momento de despedirse. Tanto él como Kurama eran conscientes de que no tenía sentido ocultarlo, de modo que algo tendrían que hacer… Por desgracia, ninguno era muy fan de las cosas románticas, por lo que no tenían ni la menor idea de cómo iniciar un acercamiento, a pesar de que sabían que sería correspondido.
Al final, Train fue quien dio el primer paso. Guiado por su instinto animal, se acercó a Kurama e inclinó la cabeza para frotar su nariz contra su cuello, aspirando su aroma a bosque y lobo, viril y fuerte… era de lo más atrayente. Poco después, el otro cambiante gruñía suavemente, diciéndole que le gustaba lo que hacía y rodeó su cintura con los brazos, enterrando el rostro en su pelo. Se quedaron abrazados un rato y luego se sonrieron y se fueron. Desde entonces, su relación había ido avanzando poco a poco entre besos y caricias cada vez más subidas de tono… hasta ese momento.
Train dio un salto alto hacia la izquierda, aterrizando sobre un árbol en el que impulsó sus patas con fuerza para aumentar la velocidad. Podía escuchar a Kurama detrás de él, aunque a una buena distancia; se estaba tomando su tiempo, por supuesto. Los dos sabían que los felinos en general eran más rápidos que los lobos, pero había una diferencia esencial: mientras que los felinos podían mantener su velocidad máxima durante unos pocos minutos, los lobos podían mantener ese ritmo durante mucho más tiempo, de modo que Kurama estaba esperando a que se agotara para poder acabar de cazarlo. En un combate real las cosas serían diferentes, evidentemente, siempre podría subirse a un árbol y tender una emboscada para atacar a los ojos y cegarlo, pero no era el caso… y Train quería que lo atrapara.
Redujo la marcha y empezó a moverse en zigzag, esquivando algunos arbustos con elegancia, dándole tiempo a alcanzarlo. Sonrió al escuchar cómo sus patas aceleraban el ritmo hasta tenerlo justo detrás de él; no opuso ninguna resistencia cuando lo oyó saltando sobre él y chilló feliz cuando lo lanzó al suelo y acabaron dando vueltas hasta que el lobo lo detuvo con sus fuertes patas. Al mirarlo, este sonreía con la boca abierta y la lengua fuera; Train ronroneó suavemente y levantó la cabeza para lamerle el hocico, haciendo que Kurama gruñera de gusto antes de adoptar forma humana.
—Te cacé —le dijo, curvando los labios con malicia.
Él también se transformó y levantó una ceja.
—Oye, no me vengas con aires de superioridad, que he dejado que me cogieras.
El lobo se inclinó sobre él, ensanchando su sonrisa.
—¿Y por qué te has dejado cazar? —le preguntó antes de darle un beso profundo y húmedo que hizo que Train gimiera y le abrazara la espalda, arqueando la espalda y dejando que su miembro se frotara contra el suyo.
Gruñó complacido cuando el lobo le mordisqueó el labio inferior antes de ir a por su garganta, pasando los colmillos por su sensible piel antes de acentuar la caricia con su lengua; mientras tanto, una de las manos de Kurama se enredó en su pelo, apoyando el codo en la tierra para sujetarse, y la otra se deslizaba por su costado lentamente, retrasando el momento de llegar hasta su cadera, donde deslizó sensualmente los dedos por la ingle hasta alcanzar su polla. Soltó un fuerte gruñido de placer a la vez que le salía pelaje por todas partes, lo cual hizo que su amante se apartara para contemplarlo con esos fogosos ojos azules que tanto le gustaban.
—Me encanta tu pelaje —comentó, observando el pelo que tenía en las mejillas—. Tiene rayas de color castaño oscuro, es bonito.
Train sonrió y jugueteó con el flequillo del lobo.
—A mí me gusta tu pelo. Es indomable… como tú.
Kurama le devolvió la sonrisa.
—Quién lo diría si me viera así contigo.
—¿Te molestaría que alguien nos viera así? —preguntó, un poco cohibido.
Para su alivio, el lobo negó con la cabeza.
—Me molestaría que alguien te viera como estás ahora, desnudo y excitado. ¿Pero que descubrieran que estamos juntos?, para nada.
—¿Y tu familia? ¿Lo aceptaría?
Kurama se encogió de hombros.
—Les sorprendería, pero lo harían.
—¿Tu padre lobo también? —interrogó, algo preocupado.
Vio la duda en los ojos del pelirrojo y supo que eso no lo tenía tan claro. No le extrañaba y, a decir verdad, tampoco lo culpaba; después de todo, atacó a su compañero y eso no era algo que le pudiera perdonar fácilmente, a pesar de que Kurama parecía haberlo hecho.
—Tendría sus reservas hacia ti, pero creo que lo aceptaría. Además, mi padre doncel me ayudaría —dicho esto, ladeó la cabeza, mirándolo con curiosidad—. ¿Qué hay de tu familia?
Train resopló.
—Shaoran estaría encantado, y sospecho que Kurogane se alegraría también. Me he dado cuenta de que está más relajado desde que voy contigo.
—Así que tenemos vía libre… —comentó Kurama con un brillo travieso en los ojos.
Él alzó una ceja.
—¿Vía libre para qué?
—Para hacer esto —respondió con sencillez antes de morderle el cuello.
Train jadeó fuerte y clavó los dedos en las nalgas del lobo. Debía reconocer que amaba cuando Kurama se ponía dominante, hacía que tuviera ganas de provocarlo y desafiarlo, por lo que dejó que salieran sus caninos y lo mordió a su vez en el hombro, aunque procurando no herirlo, tal y como hacía el lobo con él. Oyó que este gruñía con fuerza una advertencia:
—Train, tengo tu polla en mi mano.
Él gimió cuando este le hizo una pequeña presión que solo logró ponerlo duro.
—¿Y qué piensas hacer con ella? —jugó con él.
Kurama gruñó otra vez y, entonces, empezó a mover su mano sobre su miembro. Train echó la cabeza hacia atrás con un rugido de placer, contoneando las caderas a su compás, sin importarle lo más mínimo la expresión satisfecha de su amante, a quien le había salido pelaje en el cuello y las mejillas; sabía lo mucho que le excitaba verlo así, al borde del orgasmo porque él le estuviera tocando, al fin y al cabo, a él también le ocurría, le gustaba saber que era él quien volvía loco a Kurama, que eran sus caricias la que lo ponían duro y que gracias a las cosas que le hacía estallaba en éxtasis.
Tal y como hacía él en esos momentos.
Arañó la espalda de su amante cuando se corrió con un gemido, provocando que este gruñera complacido y excitado a la vez. Un delicioso estremecimiento lo recorrió de arriba abajo cuando este se inclinó para lamer su cuello y plantar besos húmedos en los que, de vez en cuando, lo rozaba con los dientes.
—Quiero que te corras otra vez —dijo contra su piel con la voz enronquecida por el deseo.
Él ronroneó suavemente antes de soltar un erótico gemido cuando los dedos de su lobo masajearon otra vez su polla, todavía un poco dura por el orgasmo. Como en los últimos días, correrse una sola vez no era suficiente, ambos querían mucho más.
Y ese día, Train pensaba ir más lejos.
—Había pensado… en hacer algo especial —admitió—. Ya sabes, es el último día que estamos en el camping…
Kurama se separó un poco y lo observó con curiosidad.
—¿En qué habías pensado?
Él sonrió y, sin previo aviso, se movió rápido. El pelirrojo no lo vio venir y se quedó mirándolo con los ojos abiertos desde el suelo, tumbado boca arriba mientras él se posicionaba mejor sobre él, sentándose a horcajadas en su cintura… con el trasero justo delante de su miembro, dejando que este tocara sus nalgas.
Al ver que Kurama se sonrojaba, esbozó una enorme sonrisa.
—Por fin logro ponerte rojo.
—Train, tú… ¿quieres que yo…?
—¿Me folles? —preguntó con voz sugerente al mismo tiempo que movía las caderas arriba y abajo, de tal forma que sus nalgas acariciaran la polla dura del lobo—. Quiero montarte.
El otro joven se incorporó hasta sentarse y rodeó su cintura con los brazos. Él cerró los ojos al sentir sus manos en su espalda, ascendiendo por sus omóplatos hasta su cuello y de ahí una fue a su nuca y la otra hacia una de sus mejillas, todavía peluda por el deseo. Se presionó contra su palma, amando que lo acariciara con ternura; no recordaba la última vez que alguien lo había tocado así, aunque probablemente hubiera sido su madre cuando era pequeño. Le gustaba esa calidez.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? —le preguntó Kurama en un murmullo.
Train abrió los párpados y vio incertidumbre en los irises azules del lobo. Le sonrió para infundirle confianza.
—Sí.
—Yo nunca… —empezó a decir su amante, pero él lo acalló con un beso suave y cariñoso que pretendía tranquilizarlo.
—Ya lo sé. —Lo había sabido desde la primera vez que ambos se dieron cuenta de la atracción que ejercían sobre el otro y, a decir verdad, por eso se sentía tan confiado, porque era la primera vez de los dos y ninguno se haría el listillo o el experto en ese tema—. También es algo nuevo para mí, por eso quiero estar encima. ¿Te parece bien?
Kurama respondió besándolo con ardor y abrazándolo con fuerza.
—Me parece muy sexy.
Train ronroneó y le sonrió.
—Pero antes, vas a tener que prepararme.
Los ojos del lobo brillaron ante su propuesta.
—¿Cómo?
Sin dejar de mirarlo a los ojos, él cogió su mano y se llevó dos de sus dedos a la boca para lamerlos. No pudo contener una sonrisa satisfecha cuando vio que a Kurama le salía pelo en los hombros y la espalda.
—Train, no hagas eso, no como si estuvieras chupando mi polla.
Sin hacerle el menor caso, se los metió tan profundo como pudo en la boca y dejó escapar un fuerte gemido incitante, burlándose del otro joven, que soltó un gruñido bestial.
—Train… —le advirtió de nuevo.
—¿Qué pasa, Kurama? Te noto muy duro ahí abajo —se rio de él, travieso.
El pelirrojo estrechó su cuerpo contra el suyo y apartó los dedos de su boca para pasarlos entre sus nalgas y humedecer su entrada. Train jadeó un poco por la expectación y abrió los muslos con un gruñido suave, dándole a entender a su amante que lo deseaba.
—Tú, Train. Tú eres lo que me pasa —dijo el lobo antes de meterle un dedo hasta el fondo y mordisquearle el cuello. Train solo pudo chillar de placer.


Un par de horas más tarde, Train ronroneaba a gusto mientras Kurama le acariciaba la espalda de arriba abajo.
Por primera vez desde la muerte de sus padres, se sentía en paz y completo, feliz. No tenía ni idea de que el sexo pudiera hacerle sentir así, siempre creyó que, después de lo que le hicieron los humanos, él sentiría el acto como algo frío y vacío, tan solo satisfacer una necesidad básica… Aunque, también era posible que la razón por la que se sentía tan lleno y tranquilo fuera porque no había sido solo sexo.
—¿Te encuentras bien?
Levantó la cabeza para encontrarse con los hermosos ojos azules de su lobo. Su mano fue hacia su nalga derecha y la acarició con cariño.
—¿Te duele mucho?
Él no pudo evitar sonreír, le gustaba que se preocupara por su bienestar. Sin reservas, lo besó en el pecho y se acurrucó en el hueco de su cuello, abrazándolo por la cintura.
—Es bastante soportable. Estoy bien.
Escuchó cómo el gruñía de una forma que recordaba a un ronroneo para después besarlo en la cabeza y estrecharlo contra su cuerpo. Train sonrió feliz y frotó su mejilla contra la suya en una muestra de afecto que Kurama le devolvió sin dudarlo. Ese intercambio de mimos significó mucho para él, como lo había significado su primer beso, la primera caricia, esa primera vez… Porque al fin había comprendido lo que necesitaba realmente en su vida, algo a lo que se había cerrado con desesperación por miedo a que otros le hirieran.
Amar y ser amado.
De repente, Kurama se colocó encima de él y frotó su nariz contra la suya.
—Entonces… ¿eres mío? —le preguntó el lobo en voz baja.
Train parpadeó, aunque su corazón dio un respingo antes de empezar a latir con fuerza. Tragó saliva y preguntó:
—¿Y tú?
Sin pensárselo dos veces, el pelirrojo cogió una de sus manos, la besó y se la llevó al corazón.
—Soy tuyo.
Un torrente de alegría lo inundó, llenándolo de pura y dulce felicidad, por lo que abrió la boca para decirle que sí, que también le pertenecía… Sin embargo, un pensamiento sombrío hizo que sus labios se tensaran y su ceño se frunciera. Kurama notó eso y la inquietud lo embargó.
—Eh, ¿qué pasa? —preguntó, acariciándole la cara.
Train le correspondió rápidamente para no asustarlo. Pero, aun así…
—Antes de responder… necesito hacer algo.
El lobo arrugó la frente.
—¿Qué es?
No quería decírselo, no quería discutir ese tema con él, ahora no. No después de hacer el amor.
—Es algo importante —dicho esto, le dio un beso rápido y le sonrió—. No te preocupes, prometo darte una respuesta esta noche, ¿de acuerdo?
Kurama pareció relajarse un poco ya que sus hombros dejaron de estar tensos y, además, inclinó la cabeza para frotar su mejilla contra la suya.
—Está bien. Pero si no me avisas esta noche, iré a cazarte.
Train ronroneó y le abrazó por el cuello.
—Me parece bien… pero esta vez, me follarás tú.
—Grrr… —respondió su lobo, dándole un último beso en el cuello antes de que se despidieran.
Él adoptó forma de lince y corrió a un ritmo medio hacia su cabaña, dándose tiempo para meditar en cómo iba a abordar ese tema con delicadeza… porque era verdad que necesitaba estar seguro antes de decirle a Kurama lo que sentía por él. Lo cierto era que, a esas alturas, ya estaba casi seguro de la verdad, pero… quería estarlo al cien por cien, quería estar con su lobo sin que nada que pudiera separarlos.
Al llegar a la cabaña, se transformó en humano y entró haciendo el menor ruido posible, olisqueando el lugar. El aroma de Kurogane era leve, lo cual lo alivió porque indicaba que había salido, no quería que estuviera allí teniendo en cuenta la conversación que quería tener con…
—¿Shaoran? —lo llamó suavemente.
—Aquí arriba —respondió su hermano.
Subió las escaleras y fue en primer lugar a su habitación para ponerse lo primero que vio (no era una conversación para tener desnudo) y luego se dirigió a su verdadero destino, el cuarto de Shaoran. Lo encontró sentado en la cama con la espalda apoyada en la pared, leyendo un libro; al escucharle entrar, marcó la página por la que iba y lo dejó a un lado antes de alzar la vista hacia él con una sonrisa… que desapareció de repente y fue sustituida por un fuerte sonrojo.
—Ah… ¿Train?
No necesitaba preguntarle qué quería saber exactamente, ya que se imaginaba lo que estaba oliendo, por lo que se encogió de hombros y se sentó frente a él en la cama con las piernas cruzadas.
—Sí, he tenido sexo con Kurama.
Shaoran no esperaba que lo admitiera tan abiertamente, así que le costó un poco articular las palabras.
—Ah… Eh… Yo… —Finalmente, sacudió la cabeza y carraspeó, aunque sus mejillas seguían tan rojas como un tomate—. Me alegro por ti.
—Gracias.
Ya recuperado de la sorpresa, el otro joven se inclinó hacia él con curiosidad y una pequeña sonrisa.
—Entonces… ¿estáis juntos?
Train bajó los ojos.
—Él me ha hecho la misma pregunta.
—¿Y qué le has dicho?
—Que antes de responder, tenía que hacer algo importante.
—¿Y qué es?
Inspiró hondo y cerró un momento los párpados, preparándose para lo que estaba a punto de pedirle a su hermano. Al abrirlos, centró sus irises dorados en Shaoran con seriedad.
—Necesito saber lo que pasó esa noche con Narumi.
Vio con pesar cómo todo el cuerpo del otro lince se tensaba y cómo se encogía sobre sí mismo, como si tratara de parecer más pequeño. Era una medida de defensa instintiva, y odió ser él quien la provocara.
—Train… —empezó Shaoran, pero él lo interrumpió acercándose más y cogiéndolo de las manos para darle un apretón.
—No quiero forzarte a decir que Narumi abusó de ti. Solo… Solo quiero escuchar tu versión, nada más.
—¿Por qué? ¿Por qué ahora? —interrogó el más joven.
Train suspiró.
—Porque este año no he sido un buen hermano y me he negado a escucharte. Estoy… intentando hacerlo mejor. Además, no podría estar con Kurama si me quedara con la duda de si Narumi te ha hecho daño o no. Por favor, prometo que solo escucharé.
Shaoran se quedó un minuto entero en silencio, dudando. Sabía que Train se había estado esforzando por integrarse mejor en la familia y que había puesto una distancia considerable con sus antiguos amigos, y creía que hablaba en serio cuando le decía que tenía miedo de salir con Kurama en el caso de que su hermano le hubiera hecho daño.
No quería que Train perdiera la oportunidad de enamorarse por su culpa.
Si él había hecho un esfuerzo, él también podía hacerlo.
Así que se acercó más a su hermano y le apretó las manos, tragando saliva.
—La verdad es que… sí pasó algo ese día.
El otro lince sintió su corazón en un puño. Por primera vez en un año, deseaba haberse equivocado, deseaba haber sido solo un idiota cabezota que por estar cegado por la furia no hubiera escuchado a su hermano.
Tuvo que tragar saliva dos veces antes de preguntar:
—¿Narumi?
Al ver hacia dónde iban los pensamientos de Train, Shaoran se apresuró a decir:
—No, no. Narumi solo pasaba cerca de allí y escuchó la pelea. Él… Él me salvó, Train. El resto ya te lo imaginas.
Él cerró un momento los ojos, profundamente aliviado. Entonces, no habían sido imaginaciones suyas que, durante aquel año, Shaoran se hubiera retraído en sí mismo y se hubiera encerrado en casa por miedo pero, al parecer, sí se había equivocado a la hora de juzgar al culpable.
—¿Qué pasó? —Al ver que Shaoran dudaba, le estrechó las manos de nuevo—. Por favor, no tengas miedo, sabes que te protegeré sin importar quién te haya puesto las manos encima.
El otro joven negó con la cabeza y la bajó.
—Nunca pensé que me creerías, por eso no dije nada.
—Lo haré, te doy mi palabra.
Su hermano alzó la cabeza y lo miró con temor.
—Fueron Creed y sus amigos.
Train sintió que algo frío lo atravesaba.
¿Creed? De acuerdo que se había dado cuenta de que él y su grupo tenían una actitud de completos gilipollas pero, ¿llegar al punto de atacar a su hermano cuando ellos pregonaban que eran amigos?
—Creo que olieron que había entrado en celo —continuó Shaoran, esta vez, sin mirarlo a la cara, incapaz de ver lo mucho que le había afectado la noticia—. Dijeron que a nadie le importaría si jodían a un mestizo, que solo servía para satisfacerlos.
Train recordó en ese momento aquel comentario que hizo Creed una vez. Dijo que alguien como él, un lince de sangre pura, no debería andar con medio humanos como Shaoran, que su único valor era la manera en la que podían utilizarlos para sus propias necesidades.
Una rabia visceral lo inundó. Ahora lo entendía todo. Las marcas de lucha que vio en Shaoran y también en sus “amigos” eran porque habían luchado entre ellos, no porque hubieran defendido a Narumi, que casi no había tenido esa clase de heridas cuando fue a darle una paliza creyendo que era el que había abusado de él.
Lo habían engañado para que se pusiera de su parte y, peor todavía, por su culpa, había estado aterrorizando a su propio hermano; al no creerle, al escuchar a Creed antes que a él, le había infundido miedo, había hecho que pensara que no estaba de su parte y que tal vez lo dejaría bajo la protección de esos bastardos cuando él no estuviera cerca. Por eso se había negado a salir de casa tanto tiempo, así no tendría que estar bajo la supervisión de nadie que no fuera Kurogane o la suya, había preferido estar encerrado en casa antes de arriesgarse a que lo dejara con sus abusadores.
—Los mataré —juró con un gruñido.
Shaoran se acercó para poner las manos sobre sus hombros.
—Train, no. No me pasó nada gracias a Narumi, estoy bien.
Train lo miró con rabia en los ojos.
—¿Que estás bien? Has estado asustado durante un año entero por su culpa, me engañaron para que no tomara venganza contra ellos y me manipularon para que hiciera daño a la persona que te salvó. ¿Esperas que me quede de brazos cruzados?
—Eso es exactamente lo que harás.
Tanto él como Shaoran se sobresaltaron al escuchar la voz grave y profunda de Kurogane, que se encontraba en el umbral de la puerta de la habitación con los brazos cruzados y una mirada sombría clavada en el más joven de los linces. Este bajó la cabeza.
—Kurogane, yo…
—Silencio, chico, luego iré a por ti —dicho esto, sus ojos severos se desviaron hacia Train—. No vas a mover un dedo contra esos cuatro. Ya has hecho bastante con el numerito que les montaste a los lobos, no necesitamos más problemas.
—¿Y ellos se irán de rositas? —gruñó Train, enfadado.
La pantera le devolvió el gruñido.
—Claro que no, pero deja que Sven y yo nos encarguemos de esto. Así no habrá consecuencias para nadie salvo para esos cuatro.
Train se relajó un poco… a regañadientes. Si bien no era lo que quería hacer, sabía que era lo correcto; ya había hecho bastante con todo el daño que le había causado no solo a su propio hermano, sino también a la familia de Kurama. No quería crear más problemas, ahora no. Shaoran le necesitaba más que nunca, y quería empezar una relación con su lobo. Lo mejor era dejar que Kurogane manejara el asunto, después de todo, ese hombre podía ser aterrador si se lo proponía. De modo que hizo un asentimiento.
—Está bien. No haré nada a menos que tú me digas lo contrario.
El cambiante levantó una ceja, ligeramente sorprendido, pero se centró rápidamente en Shaoran, a quien se acercó, poniéndose de rodillas frente a la cama y acorralándolo entre sus enormes brazos.
—A ver, chico, cuéntame por qué no he sabido nada de esto hasta hoy.
Shaoran se encogió de nuevo.
—Lo siento.
—No quiero una disculpa, ya sé que lo sientes y entiendo que estuvieras asustado y que te preocupara que el mocoso no creyera tu historia, pero ahora estás hablando conmigo. Sabes que yo te habría creído dijeras lo que dijeras, y que habría hecho trizas a quien fuera necesario, así que dime por qué no me dijiste nada a mí.
El muchacho contempló dubitativo al hombre, pero era consciente de que Kurogane no se movería de allí hasta que no soltara prenda, por lo que bajó de nuevo la vista, avergonzado y sintiéndose como si le hubiera decepcionado, mientras decía:
—Fue por el padre de Creed.
Train frunció el ceño sin comprender.
—¿El padre de Creed?
—Sé que nuestra manada es próspera gracias a su trabajo, la mayor parte de nuestros ingresos vienen de él. Sabía que si acusábamos a Creed, él no ayudaría a la manada. No creí que tuviéramos ninguna oportunidad durante el juicio.
Eso inquietó un poco al lince, quien observó a la pantera con un asomo de duda. Podía entender el temor de Shaoran, poco podrían hacer ellos tres contra una manada entera, por mucha razón que tuvieran al acusar a ese desgraciado.
Sin embargo, el rostro de Kurogane seguía siendo imperturbable.
—Train —lo llamó este, haciendo que el joven se sobresaltara. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre y no “mocoso” como solía hacer—, déjame un rato a solas con Shaoran.
Él miró un instante a su hermano, sin querer dejarlo solo ante una posible bronca.
Pero como si la pantera pudiera leer sus pensamientos, le dijo:
—No te preocupes, no va a ser una reprimenda, solo una explicación.
Train intercambió una última mirada silenciosa con Shaoran, que asintió con la cabeza. A pesar de que quería saber lo que Kurogane quería decirle, se levantó tras acariciarle el pelo como muestra de afecto y se fue de la habitación, escuchando cómo cerraban la puerta tras él.


Train esbozó una sonrisa tierna al ver el sencillo mensaje que le había dejado Kurama en el móvil; quería saber si había hecho lo que tenía que hacer y si estaba bien. Le escribió una respuesta rápida asegurando que todo había ido bien y que iría esa noche a verlo y a darle una respuesta. También quería hablarle de las revelaciones que había tenido esa tarde y… había algo muy importante que tenía que hacer con la familia Uchiha.
Los pasos de Kurogane le llamaron la atención y se dio la vuelta, a tiempo de ver cómo salía al porche para sentarse a su lado en las escaleras que conducían a su cabaña. Vio cómo suspiraba y se pasaba una mano por el pelo, parecía cansado.
—¿Ha ido todo bien? —preguntó, un tanto preocupado por Shaoran.
—Sí, tranquilo —lo calmó Kurogane—, solo quería que Shaoran supiera que me importa un rábano quién le haga daño, como si es el puto presidente del país. —Hizo una pausa en la que sus ojos rojizos se perdieron en algún lugar de su memoria—. Les prometí a sus padres que lo protegería sin importar lo que ocurriera. Y yo no hago promesas que no puedo cumplir.
Aun así, Train se sentía intranquilo.
—¿Qué hay del juicio? ¿Habrá problemas por el padre de Creed?
Kurogane lo miró y levantó una mano para revolverle el pelo.
—No te preocupes por él, mocoso. O se hace responsable de los actos de su hijo, o puede buscarse otra manada. Sven no es un perrito faldero que va detrás del culo de los que tienen dinero, no tolerará esta clase de comportamiento entre sus clanes, y créeme, conoce a tu hermano y conoce a Creed, se pondrá de nuestra parte.
—¿La manada sufrirá repercusiones por esto? —preguntó, frunciendo el ceño—. Quiero decir, aunque ganemos el juicio, la manada puede salir perdiendo si él decide no ayudar.
La pantera entrecerró los ojos.
—Somos mayorcitos, nos las apañaremos. De todos modos, el hecho de perder facilidades económicas no debe ser, jamás, motivo para que los poderosos hagan lo que quieran con los demás, sobre todo si se trata de violencia o abusos. Sí, para nosotros sería más fácil sobrevivir, pero el precio a pagar sería demasiado alto, yo no podría vivir de esa manera. Además, somos animales, al menos en parte, hace cuatro días vivíamos en cuevas y cazábamos lo que comíamos, no necesitábamos nada más —dicho esto, le dio un apretón en el hombro—. Aún eres muy joven, Train, así que solo preocúpate por tu hermano y deja que los adultos nos encarguemos del resto.
Él asintió.
—Está bien.
Kurogane lo contempló detenidamente unos segundos antes de fijar la vista en el horizonte, donde el sol se había ocultado entre las copas de los árboles, convirtiendo el cielo en una amalgama de colores rojizos y anaranjados.
—De todos modos, he estado pensando —comentó.
Train ladeó la cabeza, curioso.
—¿En qué?
El hombre cabeceó un poco, como si estuviera meditando.
—En que tal vez… debamos pasar una temporada lejos de la manada.
Él parpadeó, sorprendido.
—¿Lo dices en serio? ¿Qué…? ¿Por qué? Siempre has estado aquí.
—Soy una pantera, mocoso, a mí no me va este rollo de convivencia en grupo —dijo Kurogane con una mueca.
El lince estaba cada vez más confuso.
—Entonces, ¿por qué hemos estado siempre con Sven?
—Porque Shaoran y tú necesitabais una manada —respondió el otro cambiante con seriedad—. Los padres de Shaoran acababan de morir, no creí que alejarlo de su hogar fuera la mejor opción para superar su muerte, y tú tenías que aprender a confiar en los demás… aunque me temo que no escogiste las mejores compañías. —Al escuchar que Train gruñía con rabia, Kurogane le frotó la espalda—. No te tortures, comprendo que no fuera un buen momento para ti.
—Creed dijo una vez que Shaoran era menos que nosotros por ser mestizo —replicó él, enfadado—, que debería ser algo así como un esclavo al servicio de sus necesidades. Debí darme cuenta entonces.
—Nadie piensa que alguien a quien conoce llega a esos extremos.
—Pero yo lo he vivido —dijo entre dientes—, yo debería… debería poder reconocer a esa clase de gente.
La mirada de Kurogane se ablandó. En un gesto inesperado, pasó un brazo por los hombros del muchacho y lo pegó contra su pecho en una especie de abrazo.
—He sido Cazador durante más de dos décadas. A muchos asesinos los he reconocido a quilómetros de distancia, podía olerlos al otro lado de la calle… Pero ha habido algunos a los que no vi venir. Podría haber evitado que hicieran daño a más gente, pero no me di cuenta a tiempo. Al menos Shaoran fue afortunado, da gracias por eso y no te mortifiques, a todos puede pasarnos —y después de eso, se separó de él.
Train agradeció sus palabras en silencio. Había pasado una parte importante de su vida entre personas crueles que habían cometido actos horribles, así que había estado convencido de que era capaz de ver a ese tipo de gente enseguida… pero nunca había estado más equivocado. Había culpado a Narumi, lo había herido a él y a su familia, mientras que los verdaderos culpables se habían ido de rositas y lo habían manipulado con mucha facilidad.
Todo porque él había estado demasiado centrado en sí mismo, en vez de estar al lado de Shaoran.
Pero ahora podía hacer las cosas bien.
—¿Y qué vamos a hacer?
Kurogane se encogió de hombros.
—Quedarse con la manada no me parece una buena opción. Shaoran ha estado muy estresado este año; pensé que estaba triste porque él no quería dejar a Narumi, pero ahora comprendo que tenía miedo de esa panda de gilipollas. Lo mejor para él es estar lejos de todo esto —tras decir eso, lo miró con una ceja alzada—, y creo que también será bueno para ti. No creo que puedas soportar ver a esos imbéciles por aquí sin querer arrancarles la garganta.
Train gruñó.
—Podría soportarlo un tiempo, pero no siempre.
—Lo imaginaba. Además —añadió con una sonrisa—, me da en la nariz que has hecho un buen amigo aquí.
Él levantó una ceja.
—¿No te molesta?
—Claro que no, me alegro por ti. Kurama es un buen chico y tiene carácter, te vendrá bien.
Él esbozó una media sonrisa. La verdad era que sí. Si bien Shaoran había sido el que había conseguido que superara el trauma y le había devuelto parte de su humanidad, Kurama había sido quien había finalizado el proceso y, además, había logrado que abriera su corazón a los demás.
—¿Eso quiere decir que quieres que nos quedemos aquí? ¿Con los Uchiha?
Kurogane se encogió de hombros.
—Shaoran está deseando ver a Narumi, tú estás deseando volver con Kurama y Sasuke y Naruto son buenos amigos míos. Aparte, esto está bastante tranquilo cuando no es época de celo. Creo que los tres estaríamos bien aquí.
Train sonrió, la idea de quedarse cerca de Kurama todo el año le gustaba, así como también se sentía mejor al pensar que Shaoran estaría a salvo allí.
—¡Eh, Train!
Su tranquilidad se rompió al reconocer la voz de Creed cerca. Alzó la vista y ahí lo encontró, caminando en dirección a su cabaña con un brazo alzado en actitud amistosa. Un gruñido bestial salió de sus labios al mismo tiempo que se aferraba a la madera del porche con sus largas uñas, tratando por todos los medios de no lanzarse a por él y partirle el cuello.
—No ataques a menos que él te golpee primero —le recordó Kurogane—. Tu castigo ha terminado con éxito y Sven está contento por tu buen comportamiento, pero si te lanzas a por él sin provocación previa, puedes meterte en un buen lío.
El lince resopló, pero cerró los ojos y respiró profundamente una y otra vez, tal como le había enseñado Kurama para calmarse. Él también había tenido problemas de agresividad cuando despertó su lado animal y le había enseñado a lidiar con esa faceta de su carácter, así podía pensar antes de actuar de una manera que pudiera perjudicar a su familia.
Ya les había fallado a Shaoran y a Kurogane. Ahora tenía que hacer las cosas bien.
Gruñó suavemente cuando pudo calmarse un poco y ocultó las garras, preparándose para enfrentarse a Creed.
—Buen chico —susurró Kurogane.
Él no dijo nada, estaba demasiado centrado en mantener tranquilo a su animal interior como para poder mantener otra conversación. Se levantó despacio sobre el escalón del porche en el que estaba sentado y cruzó los brazos sobre el pecho, aferrándose con los dedos a sus propios bíceps, enviando su rabia a esa parte.
—Creed —lo saludó con desprecio, fulminándolo con los ojos.
Este se detuvo a un metro escaso de la cabaña, oliendo la furia de Train.
—Eh, amigo, ¿qué te pasa? Tu castigo con ese pulgoso ha terminado, tendrías que estar contento. ¿Por qué no vamos a celebrarlo?
Train gruñó una advertencia:
—No vuelvas a llamar así a Kurama.
El otro lince parpadeó.
—¿Ahora lo defiendes? ¿Debo recordarte con quién está emparentado?
—Con el lobo que salvó a mi hermano de vosotros, hijos de la gran puta —escupió.
Creed palideció en ese instante, pero se recuperó rápidamente y trató de hacerse el tonto, aunque era inútil, Train había detectado un atisbo de temor en su aroma.
—¿De qué estás hablando? Nosotros tratamos de ayudarle, pero él era demasiado fuerte.
—No lo creo teniendo en cuenta que entre nosotros cinco pudimos apalizarlo sin demasiados problemas, y eso que tú sostuviste a Shaoran —argumentó él, cada vez más enfadado porque todo cobraba sentido ahora—. ¿No será que Shaoran ayudó a Narumi? Él es veloz y ágil, tuvo que ser un buen apoyo para la pelea —añadió, bajando las escaleras despacio para reunirse con el otro joven, que frunció profundamente el ceño.
—Qué cabrón, ¿has follado con el lobo? —lo acusó. Probablemente habría olido su aroma mezclado con el de su lobo.
—Hemos tenido relaciones, y de lo más satisfactorias —respondió él sin un ápice de vergüenza.
Creed lo miró de arriba abajo con desprecio.
—¿Cómo has podido caer tan bajo? Relacionándote con sucios mestizos…
—Ten cuidado con lo que dices, bastardo, uno de esos mestizos es mi hermano.
—¡¿Qué hermano?! ¡Ni siquiera compartís un ápice de sangre!
—No me importa —declaró Train, que ya estaba tan cerca del otro chico que sus pechos se rozaban. Sus ojos dorados tenían una mirada fiera y amenazadora—. Él me ayudó y me dio la bienvenida a su familia, eso le convierte en mi hermano. Y te juro que como vuelva a verte a ti o a alguno de tus amigos cerca de él, lamentará haberse acercado a mí.
Creed resopló y le lanzó una mirada cargada de odio.
—Me das asco, eres tan humano como ellos —dicho esto, le dio un puñetazo.
Bueno, lo intentó.
El joven lince palideció al ver que lo que le había detenido no había sido el brazo de Train, sino una larga y fuerte pata de lince que terminaba en afiladas garras que se cerraron alrededor de su puño, haciéndole cortes sangrientos en el dorso de la mano.
La transformación parcial en animal era poco común en los cambiantes. Dominar la capacidad de cambiar de forma a la perfección ya era difícil de por sí, aunque la mayoría de los cambiantes la desarrollaban con el tiempo, pero la transformación de partes del cuerpo era raro de ver, los Cazadores solían ser los mejores en ese aspecto. Train había adquirido esa habilidad tan pronto gracias a que había pasado mucho tiempo en forma de lince, por lo que se podría decir que tenía más práctica como animal que como humano, le resultaba muy fácil, y era casi instintivo o automático para él, transformarse a la hora de defenderse o de luchar.
Sus ojos dorados, cuyas pupilas estaban rasgadas, mostrando al felino que llevaba dentro, asesinaron a Creed.
—Si peleamos, no saldrás vivo de aquí, y lo sabes. Así que no me provoques.
Su contrincante retrocedió, apestando a miedo, pero Train no había terminado.
—Te lo diré solo una vez más: aléjate de mi hermano… y deja en paz a los lobos. Como me entere de que te has acercado a uno de ellos, te demostraré hasta qué punto puedo ser un animal salvaje, porque tus amigos y tú no me llegáis ni a las pezuñas. Ahora, largo de mi casa.
Creed se alejó tambaleándose un poco, estaba claro que no había esperado que Train tuviera tanta habilidad como para transformar su mano en un arma mortífera en menos de un segundo. Este se miró su zarpa unos momentos antes de convertirla de nuevo en su brazo.
—No sabía que pudieras hacer eso —comentó Kurogane.
Train se dio la vuelta mientras abría y cerraba el puño, asegurándose de que recuperaba la movilidad como humano sin problemas.
—Nunca surgió el tema.
—Serías un buen Cazador con esa habilidad.
Él respondió negando con la cabeza.
—No quiero ser Cazador.
Kurogane levantó una ceja.
—¿Y qué quieres ser?
El lince esbozó una pequeña sonrisa divertida.
—Quiero cuidar de niños pequeños.


—Deja de preocuparte tanto, te dirá que sí.
Kurama esbozó una pequeña sonrisa al escuchar los ánimos que le daba Narumi.
Sí, todos en la casa se habían enterado ese día de que había tenido relaciones con Train, había bastado con que se acercaran un poco para notarlo. Narumi había gritado de pura alegría, gracias a él su padre doncel se había enterado de la noticia, y sus hermanos lo habían aceptado… salvo Miko. Ella aún estaba algo resentida por el ataque a su padre, pero le prometió que se comportaría si lo escogía como compañero, aunque le pidió que le diera su tiempo para superar su odio hacia los linces por el ataque.
Ocurría algo similar con su padre lobo. Pese a que él fue quien le pidió que ayudara a Train, su lado animal todavía lo sentía como si fuera una amenaza. Aun así, le había dicho que, si realmente lo amaba, le daría la bienvenida a la familia.
Ahora solo le preocupaba la respuesta de su lince. Había creído, durante esas dos últimas semanas, que los dos sentían lo mismo y, de hecho, seguía creyendo que Train tenía fuertes sentimientos hacia él, pero… Le preocupaba eso que tenía que hacer. No tenía ni idea de lo que era y le daba miedo que, fuera lo que fuera, tuvieran que romper a causa de eso.
—¿Y si ha pasado algo con su familia?
Narumi frunció el ceño. Los dos estaban en la cocina poniendo la comida en los platos mientras los demás preparaban la mesa.
—¿Crees que es por Shaoran? —preguntó su hermano, preocupado.
Kurama frunció el ceño.
—Tal vez. Train se preocupa mucho por él.
—A lo mejor están en problemas por esos tipos —pensó Narumi en voz alta con un gruñido.
Él se quedó algo descolocado por sus palabras.
—¿Esos tipos?
Su mellizo asintió con la mirada triste.
—No dije nada porque Shaoran me pidió que no lo comentara con nadie y, además, empezó todo eso del juicio y no tuve ocasión, pero la verdad es que fueron los amigos de Train los que intentaron abusar de él.
A Kurama por poco se le cayó un plato al suelo a causa de la sorpresa. Narumi lo vio venir y se apresuró a cogerlo antes de que tocara el tatami.
—¡¿Qué?! ¿Los amigos de Train? —interrogó el pelirrojo, confundido.
El rubio asintió.
—Shaoran me pidió que no dijera nada porque al final no le habían hecho daño y porque, al parecer, era importante que Train tuviera amigos en ese momento. Respeté su decisión a pesar de que no me gustó.
Kurama abrió la boca para decir algo pero fue interrumpido por el timbre.
—¡Ya voy yo! —avisó su padre doncel, que estaba en el salón preparando la mesa junto a Arashi.
En cuanto estuvo solucionado, el pelirrojo se acercó a su hermano y susurró:
—Esto es un problema. No tengo ni idea de qué es lo que tenía que hacer Train, pero si tiene algo que ver con esto, si se entera de que sus amigos le han engañado para hacer daño a su hermano, irá directo a matarlos.
Narumi palideció:
—¿Estás seguro? Dijiste que había cambiado, que ya no era tan agresivo.
—Y es verdad, está mucho mejor ahora, pero cuando se trata de Shaoran, él…
—¡GROAR!
Los dos pegaron un salto al escuchar el brutal gruñido de su padre lobo. Sin pérdida de tiempo, corrieron a la entrada, donde vieron a su padre doncel paralizado, tal vez por el susto de ver a su alfa transformarse de repente en animal para acechar a Train, el cual retrocedía con las manos en alto, intentando demostrar que no había ido allí para hacer daño a nadie.
El miedo se apoderó de Kurama.
—¡Train! —exclamó antes de quitarse la camiseta de un tirón y saltar hacia delante, convirtiéndose en lobo para echar a correr hacia ellos.
El lince lo vio venir un tanto sorprendido, y su padre se giró a tiempo de observar cómo pasaba por su lado a toda velocidad para interponerse entre ambos.
—Kurama, no —susurró Train, intentando empujarlo hacia un lado—. No te metas en esto, me lo merezco.
Tal vez sí, pero su lince ya había pasado por suficientes cosas horribles como para compensar toda una vida de pecados. Había cometido errores cegado por el fuerte deseo de proteger a su hermano y probablemente manipulado por sus amigos para evitar que les hiciera daño… pero quería compensarlos, lo sabía. Sabía lo mucho que se arrepentía por haber atacado a su padre, todos los días le había preguntado por él y había visto dolor en sus ojos cuando le hablaba de él, y, en las últimas dos semanas, había creído que empezaba a creer en la inocencia de Narumi, lo había notado muy pensativo y quería pensar que se estaba replanteando todo lo que había pasado.
También sabía que su padre lobo no estaba actuando racionalmente. Si su padre doncel había abierto la puerta y Train estaba allí, seguramente, al percibir su olor tan cerca de su compañero, su alfa habría sido dominado por su instinto protector y habría atacado llevado por su lado animal.
Su padre se arrepentiría después si le hacía daño a Train cuando este no tenía intención de atacar a nadie.
Por eso estaba en medio. No quería que Train saliera herido, ni tampoco que su padre hiciera algo que le haría sentirse mal después. De modo que lo llamó entre gemidos suaves, apelando a su lado humano, tratando de decirle que esperara, que pensara antes de atacar.
El lobo negro alzó las orejas, sorprendido porque su hijo se interpusiera entre él y el depredador que atacó a su compañero. Escuchó sus súplicas de que se detuviera con el corazón en un puño, aunque no lograba comprender por qué su cachorro le pedía algo así, por qué protegía a una criatura que era claramente una amenaza.
Unos brazos tiernos envolviendo su cuello hicieron que girara la cabeza para encontrarse con la dulce mirada de su compañero, que lo besó en el cuello.
—Tranquilo, mi lobo, todo está bien. Train no ha venido a hacernos daño, ¿verdad?
El enorme animal clavó sus oscuros ojos en el lince, que agachó la cabeza, avergonzado.
—No. He venido porque… quería… disculparme —terminó diciendo con algo de dificultad antes de mirar al doncel rubio con ojos arrepentidos—. Lamento mucho haberle atacado, señor Uchiha. Hice mal… En realidad, hice muchas cosas mal —dicho esto, su mirada vagó hacia la entrada, donde se encontró con Narumi—. Shaoran me ha contado todo lo que pasó esa noche, Narumi. Siento mucho haberte acusado y haberte dado una paliza, perdóname… Y gracias. Gracias por salvar a mi hermano. Tengo una gran deuda contigo que espero poder pagarte algún día.
Narumi, que no era muy rencoroso y veía que Train se sentía realmente mal por todo lo que había pasado, inclinó la cabeza con una sonrisa, aceptando sus disculpas.
Después, el lince miró a todos los Uchiha, que se habían reunido en la entrada.
—Os pido perdón por todo el daño y todos los problemas que os he causado. Prometo que no habrá más hostilidades por mi parte. Lo siento mucho, por todo, de verdad.
Sasuke bajó las orejas al escuchar la sinceridad en sus palabras y se relajó. Giró la cabeza para lamer a su compañero, diciéndole que todo estaba bien, y cuando este lo soltó, fue hacia Kurama y le lamió el hocico para que no se preocupara. Había hecho bien en detenerlo y estaba orgulloso de él por haber hecho lo correcto.
Por último, se dirigió a Train. Su hijo le cedió el paso y él, poco a poco y sin hacer movimientos bruscos para no asustar al chico, se transformó en humano. El lince mantuvo la cabeza gacha, inquieto, por eso se sobresaltó cuando Sasuke colocó la mano sobre su pelo.
—Todos cometemos errores —declaró—, y es de valientes admitir cuándo nos hemos equivocado y pedir perdón. Puesto que mi familia está sana y salva y has cumplido tu castigo, estás perdonado, Train.
Él dejó escapar un largo suspiro de alivio, y sonrió cuando Kurama frotó su cabeza contra su cadera en señal de afecto. Le rascó detrás de las orejas para corresponder su gesto, aunque poco después volvió a sentirse un poco cohibido.
—Señor Uchiha —llamó al patriarca de la familia.
—¿Sí?
—Venir a disculparme no es… la única razón por la que he venido. —Sasuke alzó una ceja, a la espera de que hablara, pero a Train le costaba empezar—. Verá… Sé que… no tengo derecho… pero… tengo que pedirle… un favor.
El hombre lobo no mostró otra cosa que no fuera curiosidad.
—¿De qué se trata?
Train, en vez de hablar, se giró e hizo gestos en dirección a unos árboles, de donde salió su hermano Shaoran con timidez. Narumi, al verlo, pegó un saltó y habría ido corriendo a por él si no fuera porque Miko lo cogió del cuello de la camiseta y lo instó a quedarse quieto hasta que todo estuviera resuelto.
—Ha habido… un problema en nuestra manada y… Kurogane pensó que sería mejor si Shaoran… pudiera… ¿pasar la noche aquí? —preguntó, encogido. No se sentía bien al pedir un favor así, no después de todo lo que le había hecho a esa familia a pesar de que había sido perdonado.
Sin embargo, Sasuke, tras intercambiar una mirada con Naruto, asintió en silencio y miró a Shaoran.
—Por supuesto, eres bienvenido a quedarte con nosotros, Shaoran.
—Por favor, pasa —lo invitó Naruto con una amable sonrisa—, la cena está lista si quieres comer.
—Gracias —dijo Shaoran con timidez y echándole miradas furtivas a Narumi con las mejillas rojas, el cual estaba claramente ansioso por estar cerca de él.
Todos fueron dentro excepto Train, que sospechaba que aún no sería bienvenido a pasar la noche con ellos, y Kurama, que no quería dejar a su lince solo después del gran esfuerzo que había hecho para hacer lo correcto.
Sin embargo…
—Train —lo llamó Sasuke de repente.
El lince se tensó de inmediato.
—¿Sí, señor?
El lobo hizo un gesto con la cabeza para que entrara.
—Vamos, pasa. O se te enfriará la cena.
Tras esas palabras, vieron cómo desaparecía en el salón no sin contemplar cómo Naruto lo miraba con orgullo y le daba un beso amoroso en la mejilla. Train, todavía sin poder creerse que lo invitaran a su casa, intercambió una mirada asombrada con Kurama, que movió alegremente la cola antes de regresar a su forma humana.
—¿De verdad soy bienvenido? —le preguntó.
Kurama le sonrió.
—Claro que sí. Después de todo, eres mío… ¿no?
Train le devolvió la sonrisa y se acercó hasta que sus cuerpos se rozaron. Le cogió una mano y se la llevó a la mejilla para frotarse contra ella antes de guiarla hacia su corazón.
—Te amo, lobo.
El pelirrojo esbozó una amplia sonrisa mientras lo rodeaba con sus brazos y lo besaba brevemente en los labios con cariño.
—Y yo a ti, lince.